Fuerte tufo a grasa de potro (Ubaldo Larrañaga)

 

1/5/04 - Si nos vamos a fines del siglo XVIII, principios del XIX,  ya el mundo era mundo. Mozart  ya había sido Mozart, escuchado su propio réquiem y había muerto. Manuel Belgrano se recibía de abogado en Valladolid, en 1792, por ahí muere Robespierre y Buenos Aires tenía casi trescientos años. 25 de Mayo no existía. Hablando con una señora que vive en Buenos Aires y que le gusta mucho las cosas tradicionales,  me prestó un libro, “Mataderos, mi barrio”, donde el autor, Ofelio Vecchio, escribe desde allá. Había un mirador que aún está, cerca de la Avenida General Paz (que antes se llamó Camino de la tropa), cerca del monumento al Resero, desde donde ellos “veían hasta Cañuelas”.  Nos gustaría acom-pañarlo en un viaje a caballo desde Buenos Aires para acá... ¿Con qué nos encontraríamos por el 1800?  ¿Cuáles e-ran los aborígenes más cercanos? ¿Qué había? ¿Arbustos, cardos, senecios, flores, ñandúes, mulitas?  ¿Hasta que lugar podríamos cabalgar los primeros cuatro o cinco  leguas? :

 

Larrañaga: Esto era desierto en cuanto a población humana, como aborígenes más cercanos los araucanos, que habían iniciado la ocupación muy dispersa de la pampa en 1600, tras los vacajes y las yeguadas introducidas por los españoles un siglo antes y multiplicados en forma asombrosa al hallar aquí un medio muy favorable. La vegetación, consistía en matas de pajas brava con predominancia en lomas y cerrilladas arenosas, mientras que en los bajos reinaban los juncales, totorales y el “pelo de chancho”, asomando sus penachos ruanos muy esporádicamente los carrizales y las pintorescas cortaderas. No había árboles ni arbus-tos, salvo algunos talares, que crecían en las cañadas alternando con bambúseas agrupadas en extensos cañales. Como tampoco había cardales, que recién fueron apareciendo junto a las poblaciones de inmigración pues su origen era europeo, penaban por leña en la pampa y para el fuego recurrían a la bosta seca de la vaca. Para rellenar las tripas, si se viajaba sin una buena provisión de “charque” o harinas para tortas, no quedaba más remedio que vaquear si se era ducho en el arte de desjarretar o enlazar y carnear vacunos a campo. De lo contrario había que recurrir a matar algún venado, muy escaso en esta zona, desplazado por el ganado vacuno y el yeguarizo, o sino conformarse con la blanca carne de peludos, mulitas y vizcachas. El ñandú que los araucanos llamaban choique o el guanaco que denominaban “luhuan”, podía ser la alternativa para no morirse de hambre, pero había que ser buen jinete para bolearlos, revoleando las ñanduceras...

 

¿Cómo vive en la campaña el español, el mestizo, el indio y el gaucho?

 

Larrañaga: Las  indiadas más cercanas, estaban en las tolderías cercanas a Carhué, lugar de recogida y resuello para las vueltas de malón de las “pampas” en sus arreos de los vacajes robados hacia la cordillera en busca de Chile. En 1800 todavía  no se habían asentado aquí los voroganos, que recién lo hicieron en Cruz de Guerra y Mulitas, mucho después al escapar de la matanza de Masallé allá por 1830. Las toldas de los mapuches araucanos eran de cueros vacunos o yeguarizos, cosidos con nervaduras de choique, con divisiones interiores del mismo material y el piso de tierra. Al acercarse se olía un fuero tufo a grasa de potro, que los pampas usaban para frotarse el cuerpo en prevención de enfriamientos. Los primeros gauchos asentados en estas soledades, eran solitarios cazadores que vivían de cueros y plumas, moraban en ranchos de barrio al ser sedentarios, pero sin mayores comodidades respecto a los toldos, sólo con la ventaja de algún precario ventanuco armado con botellas vacías de grapa o porrones de ginebra, entreverados entre el adobe de las paredes y dando paso a una luz solar muy pobre y anémica...

 

 ¿Y sus mujeres? 

 

Larrañaga: Las mujeres indias tenían una condición social muy inferior. Los araucanos eran polígamos y disponían de un harem cuando se trataba de algún cacique o indio principal, ya que la manifestación de su opulencia lo daba el número de mujeres o caballos que poseía, a tal punto que los caciques vestían ponchos pampas listados, donde cada lista representaba una de sus muchas esposas. La propiedad individual de la tierra no se daba entre ellos, pues sólo había una suerte de apropiamiento tribal de una franja de la pampa, luego abandonada cuando decidían trasladarse en busca de mejores pastos para el ganado. En esto el araucano mantenía la tradicional cultura quichua de los ayllus o sea una suerte de municipalismo que detentaba  la propiedad común del suelo, y lo mismo los vacunos que parecían pertenecer a la tribu, regulándose las carneadas con miras al comercio con Chile y prefiriendo la carne de yegua para el consumo, más apetecida por los pampas. Casi todo el trabajo era para la mujer, juntar leña, carnear, asar, repuntar el ganado, traer agua, levantar la tolda y hasta preparar la tierra y sembrar el maíz. En cuanto a las criollas dispersas en sus ranchos solitarios no gozaban de mejor “estatus” social que las indias, salvo en el aspecto matrimonial, ya que el gaucho era culturalmente monó-gamo...

 

¿Cruce de rastrilladas o cruz como emblema?

 

Larrañaga: No se sabe a ciencia cierta cual de las dos acepciones es la verdadera, pues ambas tienen historiadores que las sostienen. La primera firma que por allí se producía el cruce de la gran rastrillada hacia Salinas Grandes marcada por los sucesivos malones de las indiadas que allí  levantaban sus tolderías. Los rastros que en los pasajes de la indiada iban dejando su marca en el suelo se debían al arrastre de las tacuaras durante la ida al malón y el pisoteo de los arreos de la hacienda robada, a la vuelta d e los mismos. También contribuía a ello, el continuo transitar de las tropas de carretas, el contínuo transitar de las tropas de carretas, que iban y venían desde Salinas Grandes en busca de sal para el creciente desarrollo de saladeros en la costa atlántica cercana a Buenos Aires, con el auge del comercio de tasajo o carne salada a las plantaciones esclavistas de Brasil, el Caribe y el Golfo de Méjico, que utilizaban este alimento para los africanos sometidos a esta denigrante situación. Esto provocaba una significativa disminución del nivel del suelo que en partes llegaba a formar cavas de la profundidad de una aradura. La otra rastrillada que por allí pasaba, aunque no tan marcada como la anterior, era producto del tránsito desde el fuerte Federación en Junín hacia la Fortaleza Argentina en Bahía Blanca o la Badía como la llamaban en aquellos años. Había otra versión muy respetable sobre el nombre de “Cruz de Guerra” y se adjudicaba a la posibilidad de una gran cruz de madera levantada en aquel sitio, como afirmación de la fe religiosa de los primeros pobladores de esas tierras, viendo en la cruz la confirmación de su actitud de lucha contra las indiadas invasoras consideradas infieles o sea apartadas de la religión que ellos profesaban. No era entonces la cruz o cruce de caminos, la motivación para el nombre, sino el estandarte religioso que significaba la cruz de madera para su enfrentamiento con la indiada.

Sea como sea, lo importante de ello es que el fuerte de la Cruz de Guerra, que Rosas fundó a fines de 1820, constituyó un emplazamiento estratégico de singular valor para la conquista del desierto en manos de los indios. El ingeniero Francisco Parchappe contratado para tal finalidad lo proyectó y construyó con palizadas de ñandubay traídas del norte, pues en nuestra pampa no había arboledas y lo hizo participando de la misma expedición fundadora al mando de Julián Perdriel. El lugar elegido era el paraje anteriormente consagrado por los pobladores pioneros como un bastión en el avance de las primeras estancias hacia las “tierras de indios” y también a la vera de una laguna, como era práctica en aquellos años para aguada de las caballadas de los fortines o de las tropas en marcha. Así se recuerdan las peripecias en una sequía desoladora, de una tropa de carretas acompañada por el baqueano Caraballo y que anhelaba llegar a Cruz de Guerra para dar agua a las boyadas y a los tropillas y lamentablemente se halló seca pues la falta de lluvias databa de todo el año. Pudo salvarse gracias a que encontraron agua al norte de ”Mulitas” en la denominada “Laguna del socorro”, precisamente por ese acontecimiento fortuito para la tropa de carretas cargadas de sal...(Ubaldo Larrañaga)