Algunas egresados
Promociones: 1962: Amelia Di Virgilio; 1958:
Adalberto Bozzano, Dardo Rovera,
Aníbal Borda; 1951: Beatriz Mosconi; 1954: Pedro Ibarra Davel;
1965: Roberto Rodríguez; 1966: Graciela Borrego, Rodolfo P. Azumendi;
1968: Gustavo Ambroselli; 1969: Gustavo Chiesa;
1970: Lidia Pereyra, Analía Bertuche: 1971: Pablo Campos; 1972: Juan Carlos De Paola,
Mónica Guillán;
1973: José Locatelli, Guillermo Faviano; 1975: Mirta Recalt; 1976: Guillermo Stronatti;
1977: Omar Antonini; 1981: Analía Roldán, Juan C. Conti; 1984: José Pirotta;
Opinión:
Uno de sus miles de ex alumnos: Gustavo Ambroselli
¿Quiénes
fueron tus compañeros del final del secundario? ¿A quienes no viste nunca más?
En 5to. Nacional : Ricardo Farnettano, Lalo Ferraris,
Viyi Ferraris, Gustavo Gershanik,
Luis Lugones; Daniel Balanche, Omar Carreras, Julio Bertuche, Guri Cetrá, Tito Barbella, Jorge Villazón, Carlos
Páez, Juanjo Martinez y Tronco Suarez
que falleció.
Antes de Nacional hasta tercer año también tuve de compañeros entre otros a
Graciela Roldan, Mabel Hafford, Graciela Lorenzetti, Alberto Vignau,
Víctor Marletta, Stella Andrade.
Gracias a Dios a los que te he nombrado he visto a todos a pesar de que mucho
de ellos viven lejos, Salta, Neuquén, La Pampa, B. Blanca.
Opinión: Caminando detenido
Por: Daniel Balanche
DNI 10.097.826
No solo las
piernas caminan. Mucho mas lo hace el pensamiento. Recuerdos y hechos
cotidianos que hacen sentirse vivo. 1968. Han transcurrido cuadro décadas
señora. Qué universos se modificaron dentro de cada uno de los menos de veinte
estudiantes de la promoción 68 del 5to año nacional de la Escuela Normal
Antonio E. Díaz? Cada uno de los que formamos parte de esa promoción los
sabremos o no. La mayor parte de quienes pasaron (pasamos) por esas instancias,
no residen hoy en la ciudad, ni en el distrito de 25 de Mayo. Sus vidas andan
poniéndole pasos, sonidos y silencios a la vida en distintos puntos del país,
inclusive alguno creo que del otro lado de ese gran charco que es el Atlántico.
Quizá cuando se realice el encuentro de los cuarenta años, este sujeto también
este del otro lado del charco... Gracias a Revista Renovacion por acordarse de
Gustavo Ambroselli, incluyo yo a Lalo Raúl Ferraris y
a mi mismo, quienes somos los tres nenes, además de Guri Cetra (la nena) los
que residimos en esta ciudad. En mi caso la vida me llevó a alejarme de esta
ciudad unos años. Volví.
Aunque creo
que nunca me fui. Como dijo alguna vez el gordo Aníbal Troilo Pichuco: Qué me voy a ir de mi Barrio, si siempre estoy
llegando!
Pos data: A mis profesores en vida: Modesto Montecchia, Eloisa Bousquet de Chiesa, a nuestra vice directora Noemí Cha de Lago, a nuestra regente Amanda Bigliardi de Jousset, y a otros y
otras, quizá escondidos en los traicioneros pliegues de la memoria, un abrazo
bien humano, con todo lo bueno y lo malo que eso naturalmente implica. nada de
teoría de los dos demonios, porque lo bueno y lo malo habita en cada uno de
nosotros. Y si no están de acuerdo, lean La Condición Humana de Andre Malraux, para corroborarlo. O en todos caso leamos
dentro de nosotros mismos, sin palabras, tan simple y complejamente con la
utilización del pensamiento, viajando por los recuerdos y por las vivencias que
nos otorga como renovación de vida cada día al levantarnos de la cama, el sofá,
o donde hayamos recostado nuestras anatomías.
Un abrazo
25 de Mayo,
Octubre 1 de 2008
Opinión en el diario La Mañana
Recuerdos del quinqueño 1969/1973
Por
el doctor Guillermo Horacio Faviano
Cumple 100
años de vida, la que para nosotros siempre será la "Escuela Normal",
porque las tradiciones verbales terminan venciendo a las ocurrencias de los
funcionarios que con el cambio de denominaciones pretenden disfrazar la
ausencia de polìticas educativas serias. La ocasión
es más que propicia para la evocación, el reconocimiento y la gratitud.
Así como en el
Siglo XIX, León Duguit, el publicista de Burdeos,
decía que «El Estado es una abstracción; la realidad son los gobernantes», hoy,
parafraseándolo, podríamos decir nosotros también: «La escuela es una
abstracción; la realidad son sus docentes», pues más allá de los cálidos
recuerdos que la «Escuela Normal» nos trae, atados a amistades imborrables, al
compañerismo que aún perdura y a las múltiples relaciones de todo tipo que ella
nos permitió consolidar, es, en el elenco de sus docentes, donde el recuerdo se
agiganta.
Es difícil
hacer nombres propios, porque todos nuestros docentes, a su modo, contribuyeron
a nuestra formación. En los años transcurridos entre 1969 y 1973 (me refiero en
especial a ésos años, aún cuando concurrí a ella desde 1961) al igual que, a lo
que sucedía con nuestros padres, no advertíamos que éramos receptores de
enseñanzas, de ejemplos y de conductas que iban a perdurar en nuestras vidas
para siempre. Recién ahora nos damos cuenta de la importancia de lo que se nos
predicaba. Los años nos percatan de circunstancias que antes, tal vez por nuestra
juventud, pasaban de-sapercibidas.
La educación
es preparación para la vida. Y nosotros fuimos preparados para la vida. En la
época de nuestra secundaria, en pleno albor de la década del ’70, los jóvenes
éramos por antonomasia, cuestionadores. Eramos permanentemente elogiados y adulados por pensadores
y políticos de toda condición. Parecía que el mundo nuevo estaba en manos de la
juventud. Teníamos a flor de labios la frase de Margaret Mead «pobres de las
nuevas generaciones que no revisen el legado cultural de sus mayores» y
entendíamos a la cultura no como un saber libresco, ni como la entienden ahora
los gobiernos que, a propósito -por viveza- o por ignorancia de los gobernantes
la han convertido en todo lo que sea un espectáculo de esparcimiento masivo,
sino, que la cultura era para nuestra concepción lo contrapuesto a todo lo
natural, el resultado de una civilización, el conjunto de elementos
organizativos y cohesionantes del hombre en sociedad.
Pretendíamos ser, muchas veces, revolucionarios y tal vez, apenas alcanzábamos
el plano de lo contestatario. Pero la época era así, ebulliciosa
y bulliciosa, analítica y agitada, pletórica de inconformistas convencidos y de
espíritus críticos. Una época que propiciaba rebeliones juveniles provenientes
del Mayo Francés, de la Revolución Cubana, del Concilio Vaticano II, del
Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, del movimiento hippie, del Festival
de Woodstock y su llamado a la paz, de la guerra de Vietnam, de la matanza de
estudiantes en el Canal de Panamá, del martirologio de Marthin
Luther King, de la Noche de los Bastones Largos en la Universidad de Buenos
Aires, del Movimiento de Países No Alineados, de la Guerra Fría que aún
persistía pese a la "Coexistencia Pacífica", de la
proliferación de gobiernos militares en toda Latinoamérica que cercenaban las
libertades ciudadanas; en fin, coyunturas históricas disímiles que se daban en
distintos puntos del planeta, coincidentes a veces y antitéticas otras, pero
que parecían anunciar cambios y transformaciones que no podían esperar, de los
cuales, los jóvenes, íbamos a ser necesariamente gestores y hacedores. Y ésos
hechos generaban compromisos que, irremediablemente, terminábamos asumiendo. El
autoritarismo reinante en el país, era un fermento ideal para alentarlos, para
luchar por la libertad y por un mundo más justo, más igualitario y más humano.
Asociábamos libertad con progreso social y económico.
En éste
contexto, la Escuela Normal si bien tradicionalista y con un cuerpo docente de
formación convencional, estuvo -deliberadamente o no- a la altura de las
circunstancias, contribuyendo al desarrollo de nuestra inteligencia y a nuestra
formación ciudadana.
La Escuela
Normal nos enseñó lo más importante: a pensar, a analizar, a razonar. Es cierto
que muchos docentes no superaban el enciclopedismo o la mera repetición de
conceptos, contribuyendo a lo que entonces llamábamos siguiendo a Paulo Freire,
la «educación bancaria», en la que el educando era un depósito de
conocimientos siempre presto a recitarlos a la menor insinuación del profesor,
pero también es cierto que tuvimos grandes profesores, que no se limitaban al
manual o al programa de la materia que dictaban, y que demostraban que ellos
podían guiar al alumno más allá de las enseñanzas preconcebidas por los planes
de estudio, muchas veces esquemáticos y carentes de toda innovación.
Eran
profesores que azuzaban nuestra inteligencia, que excitaban nuestra imaginación
transportándonos a mundos desconocidos, porque si algo apasionante tiene el
proceso educativo, es que guíado con vocación e
inteligencia e impartido por quien tiene verdadero caudal cognoscitivo, además
de vocación y condición docente, abre horizontes que el alumno desconoce y que
ni siquiera suponía que existían. Lo transporta a un mundo nuevo y desconocido:
el del conocimiento y el pensamiento crítico, lo que tal vez, sea hoy un
capital o un valor en franca decadencia. Ya hace muchos años que el sociólogo
argentino Julio Mafud advirtió en su libro «Los
argentinos y el status», que hemos reemplazado a la cultura, al saber y a
la formación universitaria como signos tradicionales de status y respeto, por
la riqueza y la acumulación de dinero y bienes materiales de ostentación.
En aquellos
tiempos, y no hace tanto, los hombres actuaban más movidos por convicciones
colectivas que por impulsos individualistas, y como bien lo ha desarrollado
Gilles Lipovetsky en «La era del vacío», en la
actualidad impera más la seducción que la convicción, lo que
resulta más palpable en nuestra clase política, tan preocupada en gustar, en
agradar, más que en formar o inculcar convicciones en sus seguidores o en dar
ejemplos con sus conductas.
Pero sea por
la circunstancia histórica que sea, porque siempre es difícil saber por qué
exactamente ocurren determinados hechos históricos, lo cierto es que fuimos
receptores de una formación que resultó más que útil en ésos años de agitados
debates y en los álgidos años posteriores.
En todo
recuerdo, hay siempre un alto grado de subjetividad, porque se trata de
interpretar una realidad pasada, y como enseña Patrick Wottling
en sus disquisiciones sobre la justicia: «toda realidad es un juego de
procesos de interpretación; recuérdese que no hay ni verdad ni en sí, dado que
la verdad misma es una forma particular de interpretación y en consecuencia
inevitablemente deformante, y por ende recubre la posibilidad de un desvío, de
un error de interpretación», por eso, nuestros recuerdos pueden no ser
justos, pero son sinceros y en honor a ellos es que corresponde mencionar a
ésos docentes, que nos dejaron huellas, que nos hacían disfrutar una clase,
inclusive provocando que hasta en el pasillo durante el recreo continuáramos
con ellos o entre nosotros, un cambio de ideas, un planteo, el desarrollo de
una crítica o una acalorada polémica.
La Sra. Juana Gurdulich de Pérez nos enseñaba Instrucción Cívica, materia
que tenía un inocultable contenido liberal; sin embargo, más allá de sus
simpatías por su formación política clásica, jamás dejó de estimular en
nosotros un espíritu cívico crítico, una actitud siempre reflexiva. Sus clases
eran un ejercicio de razonamiento que nos servía para adquirir independencia de
criterio. Era el último año del bachillerato y nosotros ya veníamos con una
sólida base que nos había brindado Irene Iravedra de Daufi, en los años anteriores al dictarnos Educación
Democrática, de la que también recordamos su trato tan justo y equitativo para
todos los alumnos por igual.
También debe
rememorarse al Dr. Juan Carlos Berlingieri, quien un
día, en sus primeras clases, diciendo que el profesor tenía libertad para
variar el contenido del programa, nos sorprendió en los últimos minutos de
clase -como lo haría invariablemente en el resto del curso lectivo- dejando
hablar de Anatomía para hablarnos de historia argentina e impactarnos, a ésa,
nuestra temprana edad de 15 años con la existencia de una corriente histórica
llamada "revisionismo" que nosotros desconocíamos, que hacía
prohombres de los antipróceres y viceversa, y al
plantearnos diferencias y puntos de vistas totalmente nuevos, nos hacía pensar,
comparar y leer -como nunca se nos habría ocurrido que lo haríamos- episodios
de la historia con criterios distintos, más politizados y no como sucesos que,
a veces, repetíamos sin mayor sentido, despojados de su connotación ideológica
o económica, sin conectarlos debidamente en el suceder del tiempo. Gracias a él
entendimos la historia de otro modo, como un proceso político del pretérito que
requiere también una interpretación política. Fue el primer contacto que
tuvimos con el nacionalismo, una corriente de pensamiento que nadie en aquella
época podía ignorar y que, si no hubiese sido por él, jamás la escuela nos
habría dado noticia de su existencia.
Párrafo
aparte, eran las clases del Dr. Modesto Montecchia,
quien no se constreñía a los límites de la química y nos hacía disfrutar con
sus charlas sobre los más variados temas, sean de literatura, de filosofía, de
tecnología, de pintura, de sus charlas con personalidades famosas, etc.. Dos
cosas deben serle destacadas. La primera que calificaba a los alumnos no sólo
por su conocimiento de la materia que dictaba, sino que brindaba al alumno la
oportunidad de que leyera un libro cualquiera -generalmente un ensayo- y luego
lo comentara en clase, obteniendo así una calificación que incidía en el
promedio del bimestre. De ése modo, el educando que carecía de facilidad, por
falta de inteligencia o interés por la química, podía elevar su promedio con
esa actividad extracurricular que terminaba enriqueciéndolo. Gracias a ése
estímulo y porque ése profesor entendía suficientemente por su vasta cultura
cuanto libro le fuera comentado, pudimos acceder y comentar en clase obras de
los autores más variados como José Ortega y Gasset, Darcy
Ribeiro, Gustavo Cirigliano, Alejandro Trejos Dittel, Jean Francois Revel,
etc.. La otra es que para aquellos que ensálzabamos
las ciencias sociales y humanísticas, sus continuas menciones a la
investigación científica, al adelanto tecnológico, a la conquista espacial,
sirvió para hacernos ver la importancia de la ciencia para el desarrollo social
y la incidencia de los adelantos científicos en el desarrollo de los pueblos,
de modo, que ya de jóvenes, aprendimos la importancia en la evolución social
del conocimiento y el desarrollo científico.
Pero, todos
los docentes en general, contribuyeron a nuestra formación, inclusive siempre
recuerdo que aprendí la ortografía que aún hoy utilizo en la escuela primaria.
Y merecen también un recuerdo otros docentes que tal vez hayan sido más
meritorios, pero que por dictar materias que no nos atraían, no nos dejaron una
impronta, pero nuestro desinterés o nuestras dificultades y no otras causas,
eran las que provocaban ésa falta de empatía con la materia y la distancia con
el profesor. Ello no nos impedía reconocer la solvencia intelectual y el rigor
académico, del Prof. César Campos o las clases magistrales de Higiene, que daba
el Dr. Francisco Rivas, tal vez las únicas verdaderas clases magistrales que
presencié en la secundaria y que recién volví a ver, con ése estilo discursivo
tan claro y tan didáctico, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de
la Universidad de La Plata.
También los
directivos han quedado en nuestros recuerdos más gratos. Guardaban la
suficiente distancia como para marcar límites, siempre necesarios en toda
organización. La dirección no era un sitio accesible. Hubo alumnos que
concluyeron sus estudios sin haberla conocido. El principio de autoridad se
hacía valer, pero, no había arbitrariedades ni fomentaban injusticias y lo que
entonces pudo parecernos injusto, mirado el hecho a la distancia ha perdido
dimensión y no resulta ser lo que antes parecía.
Si las
enseñanzas para ser verdaderas, tienen que trascender el tiempo y tienen que
tener cierta perpetuidad, de modo que sean útiles y recordadas siempre,
entonces las que nosotros recibimos, son enseñanzas verdaderas.
Repetía
Augusto Morello de su Colegio Nacional de La Plata de los años 1940/45,
refiriéndose a sus maestros Martínez Estrada, Henríquez Ureña,
Romero Brest y tantos otros a los que siempre
recordaba, lo que Javier Marías decía de la Facultad de Filosofía y Letras de
Madrid de los años 1931/36, en la que profesaban maestros como Ortega y Gasset,
Zubiri, Menéndez Pidal y Sánchez Albornoz, la misma frase que hoy, sin
hesitación, escogemos para homenajear a quienes nos enseñaron en la Escuela
Normal en los años 1969/73: "No sólo tenían espíritu y una moral
intelectual que penetraba hasta los menos ilustres y, por supuesto, a los
estudiantes; era, además, una escuela de convivencia, de veracidad, de rigor
intelectual, de responsabilidad, de respeto".
4 05 09 -
12.40 - Histórico festejo del centenario de la Escuela Normal
Rafael Gagliano, Vicepresidente segundo del Consejo
General de Cultura y Educación y el Intendente de 25 de Mayo Mariano Grau
hablaron al finalizar los actos en la Escuela Normal, que contaron también con
la presencia de inspectores, directivos, docentes, alumnos, ex alumnos cooperadores,vecinos y otras autoridades que se acercan a
29 entre 12 y 13. También estuvieron presentes los diputados Adrián Pérez y
Juan C. Morán.
Cagliano dijo que hubo
tres etapas: Una primera cuando se fundaban escuelas, que fue el momento de
llevar el libro, el de alfabetizar; la segunda que se inicia en la mitad del
siglo veinte que es la meta de la inclusión, etapa que no está concluida
todavía, y la tercera que es la búsqueda de una revolución en su calidad que es
el desafío para el presente y para el tiempo que viene.
Grau recordó su paso por la misma como alumno cuando comienza la socialización
de toda persona, saludó a su primer maestra Ana María Sclavi
de Molaquino a quien calificó como "su segunda
mamá", recordó cuando a los alumnos se les servía cascarilla y pidió que
egresen alumnos dispuestos a ser buenas personas en el lugar que les toque
ocupar.
Aída Galli de Paramio y
María Antonieta Pirotta son de sus alumnas más
históricas vivas.
Vimos a ésta última que se retiraba caminando por calle 29 al finalizar el acto
acompañada por dos colegas, luego de una vida en la enseñanza, siendo directora
jubilada de la Escuela Nº 1, la primera de la ciudad.
"La puerta verde" del establecimiento habló por primera vez, en una
creativa representación teatral y una voz en off, valorando la importancia
educativa de un siglo al servicio de la educación pública, no solo de la
ciudad, sino de gran parte de la zona y en su última etapa formando educadores
a través del Instituto Superior de Formación Docente y Técnica Nº 28.
Desde el primer piso se deslizó una bandera de color negro, con la frase 1909 -
2009 100 años formando educadores - Escuela Normal, que motivó el último y
emotivo aplauso de los presentes, que quedará grabado en tantas máquinas
fotográficas y videos, pero por sobre todo en la retina de quienes tuvimos el
privilegio de asistir a un acontecimiento que enorgullece a todos los veinticinqueños y a la educación pública de nuestro país.
FELIZ
CENTENARIO!!!
(Agradecemos a
los profesores Alicia Calvo y Alejandro Serafini por
la corrección que nos hicieron ese día)
Opinión: El profesor Pastorino
habló sobre el fundador de la Normal
La docencia debe ser asumida con un fuerte compromiso social"
El profesor
Héctor Pastorino, actual rector interino de la
Escuela Superior de Comercio "Carlos Pellegrini",
dependiente de la Universidad Nacional de Buenos Aires, se presentó el último
viernes por la noche en el Aula Magna de la Escuela Normal de 25 de Mayo -de la
que es graduado-, donde realizó una destacada exposición sobre el fundador de
este establecimiento, "Antonio E. Díaz, un normalista crítico".
En el marco de
los actos recordatorios por el Centenario de la institución educativa,
festejado el pasado domingo 3 de mayo, el reconocido docente e investigador
oriundo de Mosconi ofreció, ante una importante
cantidad de pares y estudiantes de las carreras vinculadas a la educación, una
brillante clase desarrollada desde el pensamiento y la acción del
director-fundador de la Escuela Normal, bajo las ideas y conceptos propios del
"normalismo".
Al respecto, y
para entender la labor de Díaz, Pastorino hizo
referencia a esta corriente desde sus primeros años hasta el inicio de la etapa
de consolidación, remarcando una primera etapa, la de estructuración, que
transcurre desde
Además
reconoció una segunda etapa de expansión del "normalismo"
(entre 1899 y 1908), con la creación de numerosas escuelas normales; una
tercera etapa de consolidación (1908-1916), donde efectivamente se funda a la
Escuela Normal de 25 de Mayo, en un contexto de ideas que por entonces
pretendían ser homogeneizadas, dando lugar a la aparición de los llamados
"normalistas críticos", como es el caso de Díaz y de Carlos Vergara,
director-fundador de la Escuela de Mercedes y máximo exponente de esta
corriente.
La clase
también recaló en los albores de la Escuela Normal de Paraná (creada en el 1870
y de la que Díaz egresó en 1871) que se mantuvo hasta hace 50 años, con una
formación de nivel secundario y un curso de aplicación. E hizo referencia al
aporte de Pedro Scalabrini a través de una visión
positivista, remarcando también la participación del director-fundador de la
Escuela Normal de 25 de Mayo, en el Congreso Pedagógico de 1900.
Según observó Pastorino, en este evento Díaz marcó su adhesión a la
concepción de las "escuelas populares", reconociendo además el apoyo
que la institución escolar recibe de los padres de los alumnos, y manifestando
al mismo tiempo la inquietud de que, por entonces, los docentes debían ser
designados en sus cargos más allá de su posición política.
El eximio
disertante mostró también las ideas políticas socialistas que impulsaba el
creador del ahora centenario establecimiento educativo, que a principios del
siglo 20 no tuvieron un buen acogimiento en comunidades pequeñas como las de 25
de Mayo, desde donde se criticaron muchas de sus propuestas educativas y
culturales.
Propuestas
normalistas de Díaz
En el cierre
de la jornada, el reconocido docente e investigador veinticinqueño
repasó una serie de iniciativas que en la actualidad daría Antonio Epifanio
Díaz desde su pensamiento normalista crítico, resaltando que la escuela de hoy
"no es la única fuente de distribución del conocimiento", al mismo
tiempo que "debe asumir la responsabilidad de una nueva alfabetización: la
informática".
Pastorino señaló
también que "nos diría también que este establecimiento debe estar abierto
a los medios de comunicación social, y facilitar a los alumnos la formación de
una posición crítica ante los mismos. Y debe asumir, institucionalmente, la
construcción de ciudadanía en la práctica".
Díaz nos diría
además que "debe garantizar la democratización de la educación desde tres
planos de la realidad social: el ingreso, permanencia y egreso de todos los
niños y adolescentes con derecho a la educación; y el acceso a los niveles
aceptables de conocimiento y el mayor nivel posible de participación de la
comunidad en las cuestiones institucionales, pues de esa forma contribuiría al
proceso de democratización de la sociedad".
Y también nos
señalaría que el Estado "debe asumir plenamente su irrenunciable obligación
de sostenimiento de la educación. Y a los docentes nos daría un mensaje de
estímulo para la lucha por defensa de nuestros derechos tantas veces
vulnerados, pero también nos diría la docencia debe ser asumida con un fuerte
compromiso social". Fuente: La Mañana
31 de Mayo