CENA CENTENARIO:  17 DE OCTUBRE EN EL ESTADIO MUNICIPAL.18 Y 36

 

25 de Mayo: La Normal camino al centenario

 

 

Algunas egresados

 

Promociones: 1962: Amelia Di Virgilio; 1958: Adalberto Bozzano, Dardo Rovera, Aníbal Borda;  1951: Beatriz Mosconi; 1954: Pedro Ibarra Davel; 1965: Roberto Rodríguez; 1966: Graciela Borrego, Rodolfo P. Azumendi; 1968: Gustavo Ambroselli; 1969: Gustavo Chiesa; 1970:   Lidia Pereyra, Analía Bertuche: 1971: Pablo Campos; 1972: Juan Carlos De Paola, Mónica Guillán;  1973: José Locatelli, Guillermo Faviano; 1975: Mirta Recalt;  1976: Guillermo Stronatti; 1977: Omar Antonini; 1981: Analía Roldán, Juan C. Conti;  1984: José Pirotta;

 

Opinión: Uno de sus miles de ex alumnos: Gustavo Ambroselli

 

¿Quiénes fueron tus compañeros del final del secundario? ¿A quienes no viste nunca más?


En 5to. Nacional : Ricardo Farnettano, Lalo Ferraris, Viyi Ferraris, Gustavo Gershanik, Luis Lugones; Daniel Balanche, Omar Carreras, Julio Bertuche, Guri Cetrá, Tito Barbella, Jorge Villazón, Carlos Páez, Juanjo Martinez y Tronco Suarez que falleció.


Antes de Nacional hasta tercer año también tuve de compañeros entre otros a Graciela Roldan, Mabel Hafford, Graciela Lorenzetti, Alberto Vignau, Víctor Marletta, Stella Andrade.

Gracias a Dios a los que te he nombrado he visto a todos a pesar de que mucho de ellos viven lejos, Salta, Neuquén, La Pampa, B. Blanca.

 

Opinión: Caminando detenido

Por: Daniel Balanche

DNI 10.097.826

 

No solo las piernas caminan. Mucho mas lo hace el pensamiento. Recuerdos y hechos cotidianos que hacen sentirse vivo. 1968. Han transcurrido cuadro décadas señora. Qué universos se modificaron dentro de cada uno de los menos de veinte estudiantes de la promoción 68 del 5to año nacional de la Escuela Normal Antonio E. Díaz? Cada uno de los que formamos parte de esa promoción los sabremos o no. La mayor parte de quienes pasaron (pasamos) por esas instancias, no residen hoy en la ciudad, ni en el distrito de 25 de Mayo. Sus vidas andan poniéndole pasos, sonidos y silencios a la vida en distintos puntos del país, inclusive alguno creo que del otro lado de ese gran charco que es el Atlántico. Quizá cuando se realice el encuentro de los cuarenta años, este sujeto también este del otro lado del charco... Gracias a Revista Renovacion por acordarse de Gustavo Ambroselli, incluyo yo a Lalo Raúl Ferraris y a mi mismo, quienes somos los tres nenes, además de Guri Cetra (la nena) los que residimos en esta ciudad. En mi caso la vida me llevó a alejarme de esta ciudad unos años. Volví.

Aunque creo que nunca me fui. Como dijo alguna vez el gordo Aníbal Troilo Pichuco: Qué me voy a ir de mi Barrio, si siempre estoy llegando!

 

Pos data: A mis profesores en vida: Modesto Montecchia, Eloisa Bousquet de Chiesa, a nuestra vice directora Noemí Cha de Lago, a nuestra regente Amanda Bigliardi de Jousset, y a otros y otras, quizá escondidos en los traicioneros pliegues de la memoria, un abrazo bien humano, con todo lo bueno y lo malo que eso naturalmente implica. nada de teoría de los dos demonios, porque lo bueno y lo malo habita en cada uno de nosotros. Y si no están de acuerdo, lean La Condición Humana de Andre Malraux, para corroborarlo. O en todos caso leamos dentro de nosotros mismos, sin palabras, tan simple y complejamente con la utilización del pensamiento, viajando por los recuerdos y por las vivencias que nos otorga como renovación de vida cada día al levantarnos de la cama, el sofá, o donde hayamos recostado nuestras anatomías.

Un abrazo

25 de Mayo, Octubre 1 de 2008

 

Opinión en el diario La Mañana

Recuerdos del quinqueño 1969/1973

Por el doctor Guillermo Horacio Faviano


Cumple 100 años de vida, la que para nosotros siempre será la "Escuela Normal", porque las tradiciones verbales terminan venciendo a las ocurrencias de los funcionarios que con el cambio de denominaciones pretenden disfrazar la ausencia de polìticas educativas serias. La ocasión es más que propicia para la evocación, el reconocimiento y la gratitud.

Así como en el Siglo XIX, León Duguit, el publicista de Burdeos, decía que «El Estado es una abstracción; la realidad son los gobernantes», hoy, parafraseándolo, podríamos decir nosotros también: «La escuela es una abstracción; la realidad son sus docentes», pues más allá de los cálidos recuerdos que la «Escuela Normal» nos trae, atados a amistades imborrables, al compañerismo que aún perdura y a las múltiples relaciones de todo tipo que ella nos permitió consolidar, es, en el elenco de sus docentes, donde el recuerdo se agiganta.

Es difícil hacer nombres propios, porque todos nuestros docentes, a su modo, contribuyeron a nuestra formación. En los años transcurridos entre 1969 y 1973 (me refiero en especial a ésos años, aún cuando concurrí a ella desde 1961) al igual que, a lo que sucedía con nuestros padres, no advertíamos que éramos receptores de enseñanzas, de ejemplos y de conductas que iban a perdurar en nuestras vidas para siempre. Recién ahora nos damos cuenta de la importancia de lo que se nos predicaba. Los años nos percatan de circunstancias que antes, tal vez por nuestra juventud, pasaban de-sapercibidas.

La educación es preparación para la vida. Y nosotros fuimos preparados para la vida. En la época de nuestra secundaria, en pleno albor de la década del ’70, los jóvenes éramos por antonomasia, cuestionadores. Eramos permanentemente elogiados y adulados por pensadores y políticos de toda condición. Parecía que el mundo nuevo estaba en manos de la juventud. Teníamos a flor de labios la frase de Margaret Mead «pobres de las nuevas generaciones que no revisen el legado cultural de sus mayores» y entendíamos a la cultura no como un saber libresco, ni como la entienden ahora los gobiernos que, a propósito -por viveza- o por ignorancia de los gobernantes la han convertido en todo lo que sea un espectáculo de esparcimiento masivo, sino, que la cultura era para nuestra concepción lo contrapuesto a todo lo natural, el resultado de una civilización, el conjunto de elementos organizativos y cohesionantes del hombre en sociedad. Pretendíamos ser, muchas veces, revolucionarios y tal vez, apenas alcanzábamos el plano de lo contestatario. Pero la época era así, ebulliciosa y bulliciosa, analítica y agitada, pletórica de inconformistas convencidos y de espíritus críticos. Una época que propiciaba rebeliones juveniles provenientes del Mayo Francés, de la Revolución Cubana, del Concilio Vaticano II, del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, del movimiento hippie, del Festival de Woodstock y su llamado a la paz, de la guerra de Vietnam, de la matanza de estudiantes en el Canal de Panamá, del martirologio de Marthin Luther King, de la Noche de los Bastones Largos en la Universidad de Buenos Aires, del Movimiento de Países No Alineados, de la Guerra Fría que aún persistía pese a la "Coexistencia Pacífica", de la proliferación de gobiernos militares en toda Latinoamérica que cercenaban las libertades ciudadanas; en fin, coyunturas históricas disímiles que se daban en distintos puntos del planeta, coincidentes a veces y antitéticas otras, pero que parecían anunciar cambios y transformaciones que no podían esperar, de los cuales, los jóvenes, íbamos a ser necesariamente gestores y hacedores. Y ésos hechos generaban compromisos que, irremediablemente, terminábamos asumiendo. El autoritarismo reinante en el país, era un fermento ideal para alentarlos, para luchar por la libertad y por un mundo más justo, más igualitario y más humano. Asociábamos libertad con progreso social y económico.

En éste contexto, la Escuela Normal si bien tradicionalista y con un cuerpo docente de formación convencional, estuvo -deliberadamente o no- a la altura de las circunstancias, contribuyendo al desarrollo de nuestra inteligencia y a nuestra formación ciudadana.

La Escuela Normal nos enseñó lo más importante: a pensar, a analizar, a razonar. Es cierto que muchos docentes no superaban el enciclopedismo o la mera repetición de conceptos, contribuyendo a lo que entonces llamábamos siguiendo a Paulo Freire, la «educación bancaria», en la que el educando era un depósito de conocimientos siempre presto a recitarlos a la menor insinuación del profesor, pero también es cierto que tuvimos grandes profesores, que no se limitaban al manual o al programa de la materia que dictaban, y que demostraban que ellos podían guiar al alumno más allá de las enseñanzas preconcebidas por los planes de estudio, muchas veces esquemáticos y carentes de toda innovación.

Eran profesores que azuzaban nuestra inteligencia, que excitaban nuestra imaginación transportándonos a mundos desconocidos, porque si algo apasionante tiene el proceso educativo, es que guíado con vocación e inteligencia e impartido por quien tiene verdadero caudal cognoscitivo, además de vocación y condición docente, abre horizontes que el alumno desconoce y que ni siquiera suponía que existían. Lo transporta a un mundo nuevo y desconocido: el del conocimiento y el pensamiento crítico, lo que tal vez, sea hoy un capital o un valor en franca decadencia. Ya hace muchos años que el sociólogo argentino Julio Mafud advirtió en su libro «Los argentinos y el status», que hemos reemplazado a la cultura, al saber y a la formación universitaria como signos tradicionales de status y respeto, por la riqueza y la acumulación de dinero y bienes materiales de ostentación.

En aquellos tiempos, y no hace tanto, los hombres actuaban más movidos por convicciones colectivas que por impulsos individualistas, y como bien lo ha desarrollado Gilles Lipovetsky en «La era del vacío», en la actualidad impera más la seducción que la convicción, lo que resulta más palpable en nuestra clase política, tan preocupada en gustar, en agradar, más que en formar o inculcar convicciones en sus seguidores o en dar ejemplos con sus conductas.

Pero sea por la circunstancia histórica que sea, porque siempre es difícil saber por qué exactamente ocurren determinados hechos históricos, lo cierto es que fuimos receptores de una formación que resultó más que útil en ésos años de agitados debates y en los álgidos años posteriores.

En todo recuerdo, hay siempre un alto grado de subjetividad, porque se trata de interpretar una realidad pasada, y como enseña Patrick Wottling en sus disquisiciones sobre la justicia: «toda realidad es un juego de procesos de interpretación; recuérdese que no hay ni verdad ni en sí, dado que la verdad misma es una forma particular de interpretación y en consecuencia inevitablemente deformante, y por ende recubre la posibilidad de un desvío, de un error de interpretación», por eso, nuestros recuerdos pueden no ser justos, pero son sinceros y en honor a ellos es que corresponde mencionar a ésos docentes, que nos dejaron huellas, que nos hacían disfrutar una clase, inclusive provocando que hasta en el pasillo durante el recreo continuáramos con ellos o entre nosotros, un cambio de ideas, un planteo, el desarrollo de una crítica o una acalorada polémica.

La Sra. Juana Gurdulich de Pérez nos enseñaba Instrucción Cívica, materia que tenía un inocultable contenido liberal; sin embargo, más allá de sus simpatías por su formación política clásica, jamás dejó de estimular en nosotros un espíritu cívico crítico, una actitud siempre reflexiva. Sus clases eran un ejercicio de razonamiento que nos servía para adquirir independencia de criterio. Era el último año del bachillerato y nosotros ya veníamos con una sólida base que nos había brindado Irene Iravedra de Daufi, en los años anteriores al dictarnos Educación Democrática, de la que también recordamos su trato tan justo y equitativo para todos los alumnos por igual.

También debe rememorarse al Dr. Juan Carlos Berlingieri, quien un día, en sus primeras clases, diciendo que el profesor tenía libertad para variar el contenido del programa, nos sorprendió en los últimos minutos de clase -como lo haría invariablemente en el resto del curso lectivo- dejando hablar de Anatomía para hablarnos de historia argentina e impactarnos, a ésa, nuestra temprana edad de 15 años con la existencia de una corriente histórica llamada "revisionismo" que nosotros desconocíamos, que hacía prohombres de los antipróceres y viceversa, y al plantearnos diferencias y puntos de vistas totalmente nuevos, nos hacía pensar, comparar y leer -como nunca se nos habría ocurrido que lo haríamos- episodios de la historia con criterios distintos, más politizados y no como sucesos que, a veces, repetíamos sin mayor sentido, despojados de su connotación ideológica o económica, sin conectarlos debidamente en el suceder del tiempo. Gracias a él entendimos la historia de otro modo, como un proceso político del pretérito que requiere también una interpretación política. Fue el primer contacto que tuvimos con el nacionalismo, una corriente de pensamiento que nadie en aquella época podía ignorar y que, si no hubiese sido por él, jamás la escuela nos habría dado noticia de su existencia.

Párrafo aparte, eran las clases del Dr. Modesto Montecchia, quien no se constreñía a los límites de la química y nos hacía disfrutar con sus charlas sobre los más variados temas, sean de literatura, de filosofía, de tecnología, de pintura, de sus charlas con personalidades famosas, etc.. Dos cosas deben serle destacadas. La primera que calificaba a los alumnos no sólo por su conocimiento de la materia que dictaba, sino que brindaba al alumno la oportunidad de que leyera un libro cualquiera -generalmente un ensayo- y luego lo comentara en clase, obteniendo así una calificación que incidía en el promedio del bimestre. De ése modo, el educando que carecía de facilidad, por falta de inteligencia o interés por la química, podía elevar su promedio con esa actividad extracurricular que terminaba enriqueciéndolo. Gracias a ése estímulo y porque ése profesor entendía suficientemente por su vasta cultura cuanto libro le fuera comentado, pudimos acceder y comentar en clase obras de los autores más variados como José Ortega y Gasset, Darcy Ribeiro, Gustavo Cirigliano, Alejandro Trejos Dittel, Jean Francois Revel, etc.. La otra es que para aquellos que ensálzabamos las ciencias sociales y humanísticas, sus continuas menciones a la investigación científica, al adelanto tecnológico, a la conquista espacial, sirvió para hacernos ver la importancia de la ciencia para el desarrollo social y la incidencia de los adelantos científicos en el desarrollo de los pueblos, de modo, que ya de jóvenes, aprendimos la importancia en la evolución social del conocimiento y el desarrollo científico.

Pero, todos los docentes en general, contribuyeron a nuestra formación, inclusive siempre recuerdo que aprendí la ortografía que aún hoy utilizo en la escuela primaria. Y merecen también un recuerdo otros docentes que tal vez hayan sido más meritorios, pero que por dictar materias que no nos atraían, no nos dejaron una impronta, pero nuestro desinterés o nuestras dificultades y no otras causas, eran las que provocaban ésa falta de empatía con la materia y la distancia con el profesor. Ello no nos impedía reconocer la solvencia intelectual y el rigor académico, del Prof. César Campos o las clases magistrales de Higiene, que daba el Dr. Francisco Rivas, tal vez las únicas verdaderas clases magistrales que presencié en la secundaria y que recién volví a ver, con ése estilo discursivo tan claro y tan didáctico, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de La Plata.

También los directivos han quedado en nuestros recuerdos más gratos. Guardaban la suficiente distancia como para marcar límites, siempre necesarios en toda organización. La dirección no era un sitio accesible. Hubo alumnos que concluyeron sus estudios sin haberla conocido. El principio de autoridad se hacía valer, pero, no había arbitrariedades ni fomentaban injusticias y lo que entonces pudo parecernos injusto, mirado el hecho a la distancia ha perdido dimensión y no resulta ser lo que antes parecía.

Si las enseñanzas para ser verdaderas, tienen que trascender el tiempo y tienen que tener cierta perpetuidad, de modo que sean útiles y recordadas siempre, entonces las que nosotros recibimos, son enseñanzas verdaderas.

Repetía Augusto Morello de su Colegio Nacional de La Plata de los años 1940/45, refiriéndose a sus maestros Martínez Estrada, Henríquez Ureña, Romero Brest y tantos otros a los que siempre recordaba, lo que Javier Marías decía de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid de los años 1931/36, en la que profesaban maestros como Ortega y Gasset, Zubiri, Menéndez Pidal y Sánchez Albornoz, la misma frase que hoy, sin hesitación, escogemos para homenajear a quienes nos enseñaron en la Escuela Normal en los años 1969/73: "No sólo tenían espíritu y una moral intelectual que penetraba hasta los menos ilustres y, por supuesto, a los estudiantes; era, además, una escuela de convivencia, de veracidad, de rigor intelectual, de responsabilidad, de respeto".

 

 

4 05 09 - 12.40 - Histórico festejo del centenario de la Escuela Normal



Rafael Gagliano, Vicepresidente segundo del Consejo General de Cultura y Educación y el Intendente de 25 de Mayo Mariano Grau hablaron al finalizar los actos en la Escuela Normal, que contaron también con la presencia de inspectores, directivos, docentes, alumnos, ex alumnos cooperadores,vecinos y otras autoridades que se acercan a 29 entre 12 y 13. También estuvieron presentes los diputados Adrián Pérez y Juan C. Morán.

 

Cagliano dijo que hubo tres etapas: Una primera cuando se fundaban escuelas, que fue el momento de llevar el libro, el de alfabetizar; la segunda que se inicia en la mitad del siglo veinte que es la meta de la inclusión, etapa que no está concluida todavía, y la tercera que es la búsqueda de una revolución en su calidad que es el desafío para el presente y para el tiempo que viene.

Grau recordó su paso por la misma como alumno cuando comienza la socialización de toda persona, saludó a su primer maestra Ana María Sclavi de Molaquino a quien calificó como "su segunda mamá", recordó cuando a los alumnos se les servía cascarilla y pidió que egresen alumnos dispuestos a ser buenas personas en el lugar que les toque ocupar.


Aída Galli de Paramio y María Antonieta Pirotta son de sus alumnas más históricas vivas.


Vimos a ésta última que se retiraba caminando por calle 29 al finalizar el acto acompañada por dos colegas, luego de una vida en la enseñanza, siendo directora jubilada de la Escuela 1, la primera de la ciudad.


"La puerta verde" del establecimiento habló por primera vez, en una creativa representación teatral y una voz en off, valorando la importancia educativa de un siglo al servicio de la educación pública, no solo de la ciudad, sino de gran parte de la zona y en su última etapa formando educadores a través del Instituto Superior de Formación Docente y Técnica 28.

Desde el primer piso se deslizó una bandera de color negro, con la frase 1909 - 2009 100 años formando educadores - Escuela Normal, que motivó el último y emotivo aplauso de los presentes, que quedará grabado en tantas máquinas fotográficas y videos, pero por sobre todo en la retina de quienes tuvimos el privilegio de asistir a un acontecimiento que enorgullece a todos los veinticinqueños y a la educación pública de nuestro país.

FELIZ CENTENARIO!!!

 

(Agradecemos a los profesores Alicia Calvo y Alejandro Serafini por la corrección que nos hicieron ese día)

 

Opinión: El profesor Pastorino habló sobre el fundador de la Normal

La docencia debe ser asumida con un fuerte compromiso social"

El profesor Héctor Pastorino, actual rector interino de la Escuela Superior de Comercio "Carlos Pellegrini", dependiente de la Universidad Nacional de Buenos Aires, se presentó el último viernes por la noche en el Aula Magna de la Escuela Normal de 25 de Mayo -de la que es graduado-, donde realizó una destacada exposición sobre el fundador de este establecimiento, "Antonio E. Díaz, un normalista crítico".

En el marco de los actos recordatorios por el Centenario de la institución educativa, festejado el pasado domingo 3 de mayo, el reconocido docente e investigador oriundo de Mosconi ofreció, ante una importante cantidad de pares y estudiantes de las carreras vinculadas a la educación, una brillante clase desarrollada desde el pensamiento y la acción del director-fundador de la Escuela Normal, bajo las ideas y conceptos propios del "normalismo".

Al respecto, y para entender la labor de Díaz, Pastorino hizo referencia a esta corriente desde sus primeros años hasta el inicio de la etapa de consolidación, remarcando una primera etapa, la de estructuración, que transcurre desde 1884 a 1899, comprendiendo en ella la sanción de la Ley de Educación 1420 (1884), y la creación de la Escuela Normal (1869-1870) y del Consejo Nacional de Educación (1881).

Además reconoció una segunda etapa de expansión del "normalismo" (entre 1899 y 1908), con la creación de numerosas escuelas normales; una tercera etapa de consolidación (1908-1916), donde efectivamente se funda a la Escuela Normal de 25 de Mayo, en un contexto de ideas que por entonces pretendían ser homogeneizadas, dando lugar a la aparición de los llamados "normalistas críticos", como es el caso de Díaz y de Carlos Vergara, director-fundador de la Escuela de Mercedes y máximo exponente de esta corriente.

La clase también recaló en los albores de la Escuela Normal de Paraná (creada en el 1870 y de la que Díaz egresó en 1871) que se mantuvo hasta hace 50 años, con una formación de nivel secundario y un curso de aplicación. E hizo referencia al aporte de Pedro Scalabrini a través de una visión positivista, remarcando también la participación del director-fundador de la Escuela Normal de 25 de Mayo, en el Congreso Pedagógico de 1900.

Según observó Pastorino, en este evento Díaz marcó su adhesión a la concepción de las "escuelas populares", reconociendo además el apoyo que la institución escolar recibe de los padres de los alumnos, y manifestando al mismo tiempo la inquietud de que, por entonces, los docentes debían ser designados en sus cargos más allá de su posición política.

El eximio disertante mostró también las ideas políticas socialistas que impulsaba el creador del ahora centenario establecimiento educativo, que a principios del siglo 20 no tuvieron un buen acogimiento en comunidades pequeñas como las de 25 de Mayo, desde donde se criticaron muchas de sus propuestas educativas y culturales.

 

Propuestas normalistas de Díaz

En el cierre de la jornada, el reconocido docente e investigador veinticinqueño repasó una serie de iniciativas que en la actualidad daría Antonio Epifanio Díaz desde su pensamiento normalista crítico, resaltando que la escuela de hoy "no es la única fuente de distribución del conocimiento", al mismo tiempo que "debe asumir la responsabilidad de una nueva alfabetización: la informática".

Pastorino señaló también que "nos diría también que este establecimiento debe estar abierto a los medios de comunicación social, y facilitar a los alumnos la formación de una posición crítica ante los mismos. Y debe asumir, institucionalmente, la construcción de ciudadanía en la práctica".

Díaz nos diría además que "debe garantizar la democratización de la educación desde tres planos de la realidad social: el ingreso, permanencia y egreso de todos los niños y adolescentes con derecho a la educación; y el acceso a los niveles aceptables de conocimiento y el mayor nivel posible de participación de la comunidad en las cuestiones institucionales, pues de esa forma contribuiría al proceso de democratización de la sociedad".

Y también nos señalaría que el Estado "debe asumir plenamente su irrenunciable obligación de sostenimiento de la educación. Y a los docentes nos daría un mensaje de estímulo para la lucha por defensa de nuestros derechos tantas veces vulnerados, pero también nos diría la docencia debe ser asumida con un fuerte compromiso social".  Fuente: La Mañana 31 de Mayo