Supermartes para Obama

21 01 09

Primer discurso de Obama

(textual, en castellano) Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.

Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.

Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.

Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras. Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.

Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.

Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.

Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.

Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.

Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.

Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.

Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.

Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.

Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.

Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.

Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.

A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.

Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.

Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.

Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.

Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía.

Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.

Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.

Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:

"Que se cuente al mundo futuro... que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud... la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente".

América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.

Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.

20 1 09 – 9.00 - La Nación, Argentina: Día histórico en EE.UU.: Comienza la era Obama

Concluye un ciclo, comienza una nueva era. La lúgubre presidencia de George W. Bush llegará hoy a su fin con el arribo del demócrata Barack Hussein Obama, el joven senador por Illinois y con bagaje multicultural que se convertirá, minutos antes del mediodía ( las 15 en la Argentina ), en el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos.

Obama jurará rodeado de su familia, con su mano posada sobre la Biblia que perteneció a Abraham Lincoln, uno de los grandes íconos de este país, en una ceremonia cargada de simbolismos.

Se llevará a cabo un día después del feriado que honra a Martin Luther King, el líder social que soñó con un futuro de igualdad racial y murió en el intento.

The New York Times

On the day before moving into the nation’s most storied house, Barack Obama visited a shelter for teenagers with no home. With sleeves rolled up, he spent a few minutes painting for the benefit of the cameras that trail him everywhere now.

Mr. Obama arrives at the presidency Tuesday after a transition that betrayed little if any perspiration and no hint of nervousness. Throughout the 77 days since his election, he has been a font of cool confidence, never too hot, never too cold, seemingly undaunted by the magnitude of troubles awaiting him and unbothered by the few setbacks that have tripped him up.

He remains hard to read or label — centrist in his appointments and bipartisan in his style, yet also pushing the broadest expansion of government in generations. He has reached across old boundaries to build the foundation of an administration that will be charged with hauling the country out of crisis, but for all the outreach he has made it clear he is centralizing policy making in the White House.

He will eventually have to choose between competing advice and priorities, risking the disappointment or anger of constituencies that for the moment can still see in him what they hope to see.

What the country has seen of his leadership style so far evokes the discipline of George W. Bush and the curiosity of Bill Clinton. Mr. Obama is not shy about making decisions and making them expeditiously — he assembled his team in record time — but he has also sought to tap into the nation’s intellectual dialogue at a time of great ferment.

He has set out ideas for governance even before taking office, but he has also adapted the details as conditions changed.

More than any president since he was an infant, Mr. Obama has taken a place in society that extends beyond political leadership. He is as much symbol as substance, an icon for the young and a sign of deliverance for an older generation that never believed a man with his skin color would ascend those steps to vow to preserve, protect and defend a Constitution that originally counted a black man as three-fifths of a person.

He is a celebrity president in a celebrity culture, cooed over for his shirtless physique on the beach and splashed on the cover of every magazine from Foreign Policy to People. What his political opponents sought to portray in the campaign as arrogance is now presented by his aides as comfort with power and the responsibilities that go along with it.

“He sort of lives in a grudge-free zone,” said John D. Podesta, a co-chairman of his transition team. “He’s capable of taking on board a lot of information and making good decisions. He knows he’s going to make mistakes. But he also knows that you’ve got to do the best you can, make tough decisions and move on.”

Some of those mistakes may owe in part to that signature confidence. Mr. Obama knew and liked Gov. Bill Richardson of New Mexico, initially overlooking an investigation into state contracts that later sank his nomination for commerce secretary. Likewise, Mr. Obama forged a personal connection with Timothy F. Geithner and picked him for Treasury secretary, choosing to disregard Mr. Geithner’s past failure to pay some of his taxes.

Little has emerged about the process behind those episodes, but aides described Mr. Obama’s decision making as crisp and efficient. When he sits down for meetings, they said, he starts by framing questions he wants answered, then gives each person a chance to talk, while also engaging them. At the end, he typically sums up what he has learned and where he is leaning. A late-night person, he often follows up with calls to aides at 10 p.m. or later, after he has put his daughters to bed.

Mr. Podesta would not describe how the decision had been made to pull Mr. Richardson’s nomination but said it had played out over just nine hours rather than days, which limited the damage. “We saw the problem, understood it, Bill understood it wasn’t viable, and we stopped it,” Mr. Podesta said.

That contrasts with Mr. Clinton, who liked free-ranging discussion and took time making decisions. Mr. Podesta, Mr. Clinton’s last White House chief of staff, described the former president as brilliant at “thinking laterally” across subject areas. “One thing that seemed not to have taken on Bill Clinton is law school,” he said. “I tend to think of the president-elect as approaching a problem in a more logical, more drill-down sort of way

Peter Baker escribe hoy en el New York Times, traducido sin profesionalismo, que ayer el día antes del movimiento en la casa nacional más legendaria, Barack Obama visitó un refugio para adolescentes sin casas con mangas enrolladas, pasó unos minutos pintando en beneficio de las cámaras que lo rastreaban por todas partes.

Obama llega a la presidencia hoys después de una transición sin nerviosismos. A lo largo de los 77 días desde su elección, él ha brindado confianza interna, nunca demasiado caliente, nunca demasiado frío, aparentemente intrépido por la magnitud de problemas que lo esperan y no se ha molestado por los pocos reveses que tuvo.

Es difícil etiquetarlo, dice - centrista en sus nombramientos y de dos partidos en su estilo, aún también empujando la extensión más amplia de gobierno en generaciones. Ha alcanzado a través de viejas fronteras construir la fundación de una administración que será acusada arrastrar el país de la crisis, pero ha aclarado que centraliza la construcción de política en la Casa Blanca.

Tarde o temprano tendrá que escoger entre el consejo que compite y las prioridades, arriesgando la decepción o la cólera de distritos electorales que por el momento todavía pueden ver en él lo que ellos esperan ver.

Lo que el país ha visto de su estilo de mando hasta ahora evoca la disciplina de George W. Bush y la curiosidad de Bill Clinton.

Obama no es tímido para la toma de decisiones y montó su equipo en tiempo récord - pero él también ha procurado dar un espacio al diálogo nacional intelectual.

Ha dispuesto ideas para la gobernación aún antes de la toma de posesión del cargo, también ha adaptado cambios en los detalles.

Es un presidente de celebridad en una cultura de celebridad, gorjeó para su físico shirtless sobre la playa y se esparció sobre la cubierta de cada revista de la Política exterior.

Lo que sus opositores políticos procuraron cuestionar en la campaña como su arrogancia ahora es presentada por sus ayudantes como el camino para llegar al poder.

" Él es capaz de recibir el consejo y tomar decisiones. Sabe que él va a tener errores. Pero él también sabe que usted tiene que hacer lo mejor usted puede, hacer decisiones resistentes y seguir adelante. ", dice John Podestá,

Obama conocía y le gustó el Gobernador Bill Richardson de Nuevo México, pasando por alto una investigación en contratos estatales que más tarde hundieron su nombramiento como secretario de comercio. De la misma manera, Obama forjó una conexión personal con Timothy F. Geithner y lo escogió para el ministerio de economía y hacienda, sin atender el no pago algunos impuestos en el pasado por parte de Geithner.

Esto contrasta con Clinton, que gustó que la discusión libre que se extienda y requirió tiempo tomando decisiones. Podesta, el último jefe personal de la Casa Blanca de Clinton, describió al ex-Presidente como un diamante brillante en " el pensamiento lateralmente ".

"Una cosa que pareció no haber tomado a Bill Clinton es el colegio de abogados, " dijo él. " Tiendo a pensar en el presidente designado como el acercamiento a un problema en más lógico, más taladro abajo el tipo del camino. "


Crítica de Argentina: Esperanza

Por Jorge Lanata

“Durante meses se nos burlaron por hablar de esperanza. Pero siempre supimos que no es optimismo ciego", les dijo Obama. Quienes lo apoyan hoy son mejores que ayer: volvieron a tener esperanza. Jorge Lanata.

Lo primero que escuché fue que no era tan negro.

–No es tan negro... –como si la negritud fuera prueba de algo.

Después vi por la televisión su discurso de Chicago. Y el video en YouTube fue lo que me hizo emocionar: Will.i.am y la música de Black Eyed Peas en un rap con Scarlett Johansson, Herbie Hancock, Eric Olsen, John Legend, Jesse Dylan y otros treinta y dos personajes diciendo “Yes, we can”.

–Estos yanquis son increíbles, eh. Saben cómo vender a un tipo...

Y ahí estaba yo, frente a la computadora, hipnotizado como si en la pantalla estuvieran pasando Lo que el viento se llevó. Los inventores de Hollywood tratando de venderme esperanza. Nadie podría hacerlo mejor (solamente, quizá, el Vaticano, la otra formidable fábrica de sueños).

Leí a analistas políticos, intelectuales, banqueros, pseudofilósofos –todos los que ahora opinan sobre hechos consumados– diciendo que quizá, que jamás, que era ésta la reformulación del sueño americano, que el imperialismo volvía a atacar, que llegaría tan condicionado que nunca, que tal vez, que al final.

Me encontré una noche en el teatro, pasando el tape de Black Eyed Peas:

–No quiero que lo vean por una razón política sino humana. Creo que alguna vez tenemos que empezar a combatir el cinismo. Tanto cinismo nos oxida el alma, y lo que van a ver tiene la fuerza de la ingenuidad. “Yes, we can”. Parece un cándido aviso de Cola-Cola. Yes, we can. ¿Y si nos miente? ¿Y si el cínico es él, ese que ni siquiera es tan negro? Poco importa, porque el cambio se logró en nosotros: somos menos cínicos, recuperamos nuestra posibilidad de creer en algo, podemos intentarlo otra vez.

Escribo estas líneas en nuestro puto y querido país en el que las palabras han perdido el sentido; fueron vaciadas, gastadas, saben a chicle viejo y seco. País de eufemismos, de frases hechas, de silencios cómplices. Leo, acá, que él dice allá:

“Tenemos más riqueza que nadie, pero eso no nos hace ricos. Tenemos las mayores fuerzas armadas sobre la Tierra, pero eso no es lo que nos hace fuertes. Nuestras universidades y nuestra cultura son la envidia del mundo, pero no es por eso que el mundo se acerca a nosotros. Es el espíritu americano, esa promesa americana que nos empuja cuando el camino se hace incierto. Esa promesa constituye nuestra mayor herencia”.


Lo leo y me emociona esa épica que, en otro rincón de mi cabeza, sé mentira. Pero sé también que es imposible construir un país sin ella.

Ésa es la mentira que hace posible a Nueva York, aquella ciudad donde todos se duermen pensando que mañana será el gran día, y quizá mañana nunca llega, pero vuelven a dormirse soñando en eso.

Esta mañana, dos o tres o más millones de personas soportarán en las calles de Washington cinco o seis grados bajo cero sintiéndose parte de la historia. La Historia, después, verá qué hace con su camino, si abrirá o no sus puertas.

El tipo les dijo: “Durante meses hemos sido objeto de risas, incluso de burlas, por hablar de esperanza. Pero siempre hemos sabido que la esperanza no es el optimismo ciego. La esperanza es lo que vi en los ojos de una joven de Cedar Rapids que trabaja en el turno noche tras todo un día en la universidad y que a pesar de ello no puede permitirse pagar la asistencia sanitaria para una hermana que está enferma; una joven que sigue creyendo que este país le dará la oportunidad de realizar sus sueños.(...) La esperanza es lo que llevó a una banda de colonos a levantarse contra un gran imperio (...), lo que condujo a hombres y mujeres jóvenes a sentarse en comedores de los que estaban excluidos por su color (...) La esperanza es lo que me ha conducido hasta aquí, con un padre de Kenia y una madre de Kansas, la creencia de que nuestro destino no será escrito para nosotros sino por nosotros”.

Ellos, los tres o cuatro millones que se frotan las manos para combatir el frío, el 53% de los americanos que lo votó, el 79% que lo apoya, son esta mañana mejores que ayer: volvieron a tener esperanza.
Este tipo no tan negro la despertó.
Ojalá pueda mantenerla.

Granma, Cuba: Costosos festejos por asunción de Obama, pese a crisis

El desempleo en Estados Unidos está en alza y el mercado bursátil da tumbos, pero habrá grandes festejos por la juramentación de Barack Obama como presidente, que podrían llegar a 150 millones de dólares, un nuevo récord, según algunos cálculos, informa AP.

Pese a la crisis económica, los demócratas, que instaron al presidente George W. Bush a ser austero hace cuatro años, no escatimaron gastos durante el fin de semana previo a la juramentación, colmado de conciertos de rock y fiestas repletas de estrellas.

El comité para la asunción de Obama ha recaudado más de 41 millones de dólares para sufragar los distintos actos, desde el recorrido por tren entre Filadelfia y Washington DC hasta un concierto con Beyonce, U2 y Bruce Springsteen o 10 bailes oficiales por la ocasión.

Habrá que sumar a ello los costos colosales de seguridad y transporte, absorbidos por los contribuyentes estadounidenses. Así, la juramentación histórica derivará en un costo que tampoco tiene precedentes.

En 2005, los representantes demócratas Anthony Weiner y Jim McDermott pidieron a Bush moderar el fausto y mostrarse un poco más discreto en su fiesta.

"El presidente (Franklin Delano) Roosevelt realizó su fiesta por la juramentación en 1945 dentro de la Casa Blanca, con un discurso breve y una cena en la que se sirvió a los comensales ensalada fría de pollo y pastel de chocolate", escribieron los dos legisladores en una carta.

"Durante la Primera Guerra Mundial, el presidente (Woodrow) Wilson no organizó fiesta al tomar el poder en 1917, al considerar que semejantes festividades representarían una falta de seriedad", agregaron.

Los legisladores demócratas argumentaban que, en un momento en que el país estaba en guerra, una celebración excesiva resultaría inapropiada. Cuatro años después, la nación sigue en guerra, el desempleo se ha disparado y Obama presionó al Congreso para que liberara la segunda mitad de un paquete de rescate por 700.000 millones de dólares, con la esperanza de sacar del hoyo a la industria bancaria.

El comité para la juramentación de Obama dijo estar consciente de la situación actual, pero señaló que no está preocupado por la posibilidad de que la gente considere excesivos los cuatro días de festejos.

Clarín: Obama, la encarnación del "sueño americano"

Elogiado por propios y rivales, su carrera despegó en 2004. Casado y con dos hijas, tiene 47 años.
Un "new New Deal" para una nueva era en EE.UU. Todo apunta a creer que Obama impulsa un Estado benefactor similar al de Roosevelt.
Festejos en todo el mundo para celebrar la partida de Bush .
Anoche hubo más de 1. 200 fiestas en por los menos 50 países, convocadas por Internet.
Bush, el presidente más discutido en la historia reciente.
La fugaz visita secreta de un asesor clave de Obama en Buenos Aires .Llegó el 7 de octubre, se reunió con economistas y partió. El encuentro trasciende ahora. Michelle, una Primera Dama con estilo propio .La esposa de Barack Obama podría tener un rol político importante en EE.UU.

Obama y América latina

Juan Gabriel Tokatlian

(Para La Nación) La Guerra Fría concluyó en gran parte del mundo y difícilmente se reanude: Rusia es un actor insatisfecho, pero no es una potencia revisionista, mientras que China continúa con su ascenso global como un poder moderado y pragmático. El único lugar donde aún sobrevive la Guerra Fría es América latina. El mayor desafío que tiene Barack Obama respecto de América latina es terminar con la Guerra Fría en la región.

Hay tres casos que muestran la persistencia de la lógica y la dinámica de la Guerra Fría en el área. Primero, Cuba, que ha dejado de ser un modelo de exportación comunista al exterior y tiene la impronta de un típico nacionalismo popular y autoritario. Segundo, Colombia, donde subsisten las FARC (originariamente, pro Moscú), en uno de los conflictos armados más prolongados y degradados del mundo. Tercero, Venezuela y el "socialismo del siglo XXI" de Hugo Chávez, particular mezcla de antiimperialismo ortodoxo, populismo caribeño, nacionalismo bolivariano y caudillismo latinoamericano.

El gobierno entrante de Obama podría diseñar iniciativas prácticas y prudentes en cada caso. Podría, asimismo, identificar intereses domésticos en Estados Unidos que respaldaran su estrategia. Su clara victoria, su trascendental triunfo en el estado de Florida y el hecho de que los demócratas pasen a controlar la Cámara de Representantes y el Senado le pueden permitir anunciar la terminación gradual del embargo, iniciar conversaciones con Raúl Castro y comprometerse a favor de una transición democrática incruenta y progresiva en la isla.

Frente a Colombia, Obama dispone de incentivos positivos y negativos para incidir en el curso de lucha armada y profundizar la democracia. Las FARC están debilitadas y una política de seguridad coherente ya no requiere un controversial tercer mandato de Uribe. Si Washington quiere limitar el negocio de las drogas entre el mundo andino y Estados Unidos, necesita que Colombia esté en paz. El presidente entrante puede usar concurrentemente el tema comercial y el de los derechos humanos para que Bogotá obtenga su deseado Tratado de Libre Comercio (TLC) e inicie un sendero de solución política negociada al conflicto armado interno.

En cuanto a Venezuela, parece existir un contexto oportuno a favor del establecimiento de un modus vivendi entre Washington y Caracas. En materia de petróleo y comercio existe casi un TLC de facto, aunque en lo político-militar las diferencias son enormes. Lo importante es que el usual arsenal que Washington solía usar con los "países problema" -golpe de Estado, contención agresiva, asfixia diplomática y conflicto de baja intensidad- no es utilizable en el caso venezolano. Se trataría, entonces, de construir un puente político discreto, un diálogo franco en el que las inquietudes en materia de seguridad de los dos puedan ser contempladas y puedan ser acordados compromisos puntuales para evitar tensiones.

Obama puede liderar con pocos gestos el desmantelamiento de la Guerra Fría en América latina. Podría contar con países que secundaran, por vía de los buenos oficios y otros modos de cooperación diplomática, esa tarea: Canadá, México, Brasil, Panamá, Chile y la Argentina podrían contribuir decisivamente. El manejo individual de cada uno de los casos mencionados podrá reforzar la credibilidad colectiva en una política orientada a clausurar la Guerra Fría en el área. De materializarse, ese hecho sustantivo y simbólico contribuiría a elevar la credibilidad de Washington y la confianza hacia Estados Unidos, algo que el gobierno del presidente Bush hizo añicos.

El autor es director de la carrera de Ciencias Políticas de la Universidad de San Andrés


Página 12: Obama asume en el día más esperado

 Por Ernesto Semán

Desde Nueva York

Cuando hoy arranque formalmente la sucesión presidencial, los Estados Unidos comenzarán a dejar atrás uno de los períodos más oscuros de su historia. Nada cambiará de un día para el otro, muchas cosas seguirán mal o peor, y el nuevo mandatario mostrará tanto sus limitaciones como las del cargo que ocupa. Pero los cuarenta ominosos años de una nación que coqueteó entre la frivolidad, el miedo y el fascismo son un contraste lapidario con lo que empieza hoy. En buena parte por eso, decenas de millones de personas se preparaban ayer para festejar la asunción de Barack Obama como presidente de este país.

Los actos de hoy convocarán millones en Washington DC, donde Obama jurará al mediodía como el presidente número 44 de los Estados Unidos. Ayer fue feriado nacional, mientras el país conmemoraba el nacimiento de Martin Luther King (imposible haberlo planeado para esta elección: los presidentes norteamericanos asumen en esta fecha desde antes de que Obama hubiera nacido). El nuevo presidente llamó a recordar al líder de los derechos civiles que el 15 de enero habría cumplido 80 años, haciendo trabajo comunitario (desde hace décadas, la fecha se conoce como “day of service”), un gesto que no por predecible deja de ser relevante.

Si quiere cumplir con algo de lo que logró transmitir en este último año, Obama dependerá de las organizaciones civiles que recobraron vigor durante su campaña para balancear la abulia y la resistencia al cambio que presentan el Estado, los partidos y las corporaciones. El nuevo presidente y su mujer, Michelle Obama, pasaron buena parte del día de ayer recorriendo organizaciones comunitarias, así que se los pudo ver pintando de azul tres paredes del único centro de atención de DC para adolescentes sin techo.

En Nueva York, una tormenta de nieve que cayó durante todo el día entonó el clima de fin de semana largo, mientras decenas de miles de personas emprendían su viaje a la capital para los actos de hoy, incluyendo grupos de estudiantes de una escuela de Brooklyn cuya banda musical fue seleccionada para marchar durante la asunción. Habrá miles de fiestas en distintos barrios y para distintos gustos, tanto por la asunción como por la despedida de George W. Bush. Desde los locales partidarios y sindicales hasta las compañías de cable y los bares diseñaron eventos con pantallas gigantes durante todo el día. Todas las universidades tienen actividades relacionadas con la asunción, y Columbia hará la magna excepción de suspender las clases, algo que no se hizo siquiera durante los atentados del 11 de septiembre: con Obama llega a la Casa Blanca el primer egresado de esa universidad.

Las celebraciones por la asunción empezaron en verdad el domingo, con el concierto ante más de medio millón de personas en Washington. La multitud anticipó lo que serán los actos de hoy, y también las tensiones que irán emergiendo el día después. HBO, la cadena que adquirió los derechos del evento, dejó fuera de su transmisión el sermón de Gene Robinson, el jefe de la iglesia episcopal de New Hampshire que hizo pública su homosexualidad y al que Obama designó para dar inicio a los eventos, atenuando las protestas por la participación del más conservador Rick Warren durante los actos de hoy. Robinson no defraudó las expectativas generadas y pidió que “Dios nos bendiga”, pero “con lágrimas” y con “ira” y con “incomodidad” ante la discriminación, la vida social y la relación “simplista que hemos elegido tener con los políticos”. HBO excluyó a Robinson de su transmisión.

HBO no pudo dejar de transmitir lo que fue, por lejos, el momento más emocionante del día, cuando Bruce Springsteen, Peete Seeger y su nieto, Tao Rodríguez, subieron al escenario para cantar “This Land is Your Land”, una de las canciones más famosas del folk norteamericano. El tema fue escrito en los ’40, casi como respuesta a la versión celebratoria de Estados Unidos que Irving Berlin había inmortalizado un par de décadas atrás con God Bless America, y la versión del domingo incluyó secciones que usualmente se omiten o modifican, sobre todo el que refiere a la propiedad privada (“Un muro gigante trataba de detenerme/tenía algo pintado, decía propiedad privada/ pero del lado de atrás no decía nada/ ese lado fue hecho para vos y para mí”). Para muchos, acostumbrados a Bush, ver al presidente Obama en Estados Unidos a tono con “This Land is Your Land” es revulsivo, aun si Larry Summers y tantos otros en el gobierno pueden ofrecer más de una razón para saber que sus propiedades están a resguardo. HBO no volvió a pasar esa parte, y ayer perseguía las copias de la transmisión que aparecían en YouTube, creando una carrera infinita entre las versiones que la empresa desautorizaba y las que los usuarios volvían a colgar.

Todo eso es parte de una tensión más grande encapsulada en el extendidísimo consenso sobre el nuevo presidente. Detrás de él hacen fila tanto los reclamos de inclusión económica de buena parte de su base social cuanto la empresa Pepsi, que ayer inauguraba en los subtes de Nueva York su última campaña publicitaria con “mensajes para Obama”, incluido el lenguaje de la jerga informal de los negros (“Yo!, wish you good luck”, decía uno). La algarabía mediática alrededor de la cuestión racial tiende a presentar la elección de noviembre vacía de cualquier significado, hasta hacer de Obama un símbolo inocuo que no exprese ninguna idea de cambio más general. Ese terreno común le ha permitido recoger el apoyo popular, la admiración de las empresas, la condescendencia de Bush.

En el blanqueamiento de la negritud de Obama, un ejercicio brutal de desmemoria omite algo tanto más importante como es que, con su llegada al gobierno, Estados Unidos está a las puertas de dejar atrás algunos de los momentos más bajos de su historia. Las convulsiones de la década del ‘60, que abrieron espacios de inclusión social nunca vividos en este país, se cerraron en el ’68 con los asesinatos de Robert Kennedy y King y la llegada al poder de Nixon, beneficiario directo de ambos ataques. Lo que siguió fueron 40 años en los que Estados Unidos coqueteó entre la idiotez y el fascismo y coronó una concentración del poder y de la riqueza que lo ponen en el verdadero borde de la democracia. Todo eso empezará a quedar atrás desde mañana: esos años, pero también el periodismo propagandero que celebra su llegada, la intelectualidad que se nutre de esos medios para trivializar lo que tiene enfrente. Y entonces quedará sólo Obama, minimizado en su proeza personal frente a la magnitud de un poder político, cultural y económico que buscará limar las aristas más interesantes de este proceso, en un país que desde hace mucho tiempo no ha dejado de correrse hacia la derecha.


Bienvenido Sr. Obama

Carlos Fuentes es escritor mexicano.

(Fuente : El País) agradecemos a lectores.

Terrible herencia le deja George Bush a Barack Obama. He listado este pesado testamento en mi libro Contra Bush a partir de la Convención Republicana de agosto de 2000 y me detuve, exhausto e incrédulo, el 12 de mayo de 2004, día en que fueron reveladas las imágenes de la tortura en Abu Ghraib.

El nuevo presidente está obligado a recuperar la perdida fuerza moral de Estados Unidos

En medio y hasta ahora, la reseña de la Administración Bush-Cheney incluiría una fatal política de rebaja de impuestos y aumento de gastos militares, fórmula ideal para pasar del superávit de Bill Clinton (500.000 millones de dólares) al déficit de Bush (idéntica suma). Causa añadida a la filosofía general de darle latitud y falta de regulación al mercado, desembocando en la crisis actual y la revelación de la irresponsabilidad de instituciones de crédito y la criminalidad de individuos que montaron abusos y engaños sobre la ausencia de reglas y la ingenuidad del público.

Bush desvió enormes sumas (500.000 millones de dólares hasta la fecha) para librar una guerra innecesaria contra Irak, alegando la presencia de armas de destrucción masiva que jamás se encontraron, pasando por alto las serias advertencias del inspector de la ONU, Hans Blix, y mintiendo acerca de la supuesta conspiración del dictador iraquí Sadam Husein con el cabecilla de Al Qaeda, Osama Bin Laden, cuando ambos eran implacables enemigos y el tirano Husein constituía, en términos de realpolitik, la mejor defensa contra Al Qaeda. Hoy, Al Qaeda se encuentra en Irak, cosa que Sadam no hubiese tolerado.

La ironía se transforma en burla cuando Bush reconoce que se equivocó acerca de las armas en Irak. Terrible error que ha costado miles de vidas de norteamericanos e iraquíes y un desplome de la autoridad moral de EE UU en la torturadora cárcel de Abu Ghraib, que encontró su ergástula hermana en la prisión de Guantánamo. Todo ello justificado por Bush y su vergonzoso achichincle, el procurador Alberto González, en nombre de lo que violaban: la seguridad de EE UU, sacrificada por políticas que desprestigiaban a ese país y fortalecían a los terroristas, que nada desean tanto como ser protagonistas, siendo en realidad una minoría desasociada de la mayoría islámica.

La ausencia de un criterio histórico y cultural en la Casa Blanca de Bush-Cheney desnuda, en cambio, los intereses económicos de Cheney y la empresa petrolera Halliburton y los de Bush, más allá del petropoder, en una visión imperial de EE UU. Resulta grotesco citar a Bush -"EE UU es el único ejemplo sobreviviente del progreso humano"- o a Condoleezza Rice -"la comunidad internacional es una ilusión"- cuando un fugaz unilateralismo norteamericano debió ya avizorar la emergencia de un mundo multilateralista: China, Rusia, India, Brasil, la propia comunidad europea despreciada por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld como una antigualla. Desprecio y distorsión del mundo, irresponsabilidad interna (Katrina, por ejemplo), orgullo imperial sin bases reales: ¿"misión cumplida"?

Bush llegó a la Casa Blanca, la primera vez, a pesar del voto popular favorable a Al Gore y gracias al Tribunal Supremo, y, la segunda, gracias a una hábil y aterradora fórmula de Karl Rove: religión y miedo. La elección de Obama es, en sí misma, una victoria contra el pasado que aquí evoco. El desastre final del Gobierno Bush-Cheney se volvió evidente. Pero más allá del desengaño, entró a votar una nueva generación de 18 años para arriba, no sólo ausente de los comicios anteriores sino presente en los actuales como parte de una constante admirable de la política norteamericana: a pesar de los errores y de los engaños, la continuidad constitucional del país y su base democrática, no logran ser destruidos. A pesar de embates tan severos como los de Bush-Cheney contra las instituciones y las libertades. En última instancia, hay elecciones y la oposición llega al poder.

¿Qué hará Obama una vez allí? Reviso, con entusiasmo y pavor, la agenda que enumera en una larga entrevista, el 5 de enero de 2009, con la revista Time. Si cuento correctamente, allí Obama se propone 14 metas. La recuperación de la economía. La creación de reglas financieras para impedir que se repita la crisis. La creación de empleos. La reducción del costo de la salud y la expansión de la protección sanitaria. El cambio hacia una nueva política energética. La revitalización de la educación pública.

Y, en política exterior, el cierre de Guantánamo. El fin de la tortura. El equilibrio entre la seguridad y la ley. El fortalecimiento de alianzas (más amigos y menos enemigos, ha dicho Hillary Clinton). Retirar la fuerza armada de Irak. Fortalecer la política hacia Afganistán. Ocuparse del cambio climático. Vigorizar las instituciones internacionales.

Como obvio contraste, Obama promete un gobierno que no esté motivado por la ideología. Pero también un gobierno competente y por ello, accountable, obligado a rendir cuentas y a admitir y corregir errores (que ya los cometió nombrando a Bill Richardson secretario de Comercio y a Tim Geithner, secretario del Tesoro, sin indagar con suficiencia sobre sus agendas pendientes).
Carlos Fuentes es escritor mexicano
Todo lo dicho no absuelve a Obama de una obligación, que es la de recuperar la fuerza moral perdida de Estados Unidos apelando a lo mejor del país: la tradición democrática y el capital humano para superar la peor crisis desde la depresión de 1932.

En esto, le deseamos suerte y le decimos: bienvenido, señor Obama.