Papelito
(por
Carlos Lance) - Cien años de soledad no sería cien años de nada sino fuera por
la inspiración de Gabriel García Márquez, quien se metió en el mundo la
familiar de los Buendía y el lector se familiarizó con el desconocido pueblo
Macondo.
Nos haría falta una
pluma análoga para decir que está llegando al pueblo “Papelito”, el circo que
siempre vuelve.
Porque su llegada a 25
de Mayo no es la llegada de cualquier circo.
Es la llegada de “Papelito”.
La del chico de Norberto de la Riestra que un día dejó a su familia para irse
para siempre en busca de su futuro, con Pichirica.
Humberto Lopardo era “Pichirica”, en la
época que los circos andaban de pueblo en pueblo con sus obras de teatro criollo
y había actuado en ese lugar.
En las chacras se
dejaba de trabajar, para tomar mate cocido escuchando radio Porteña, porque era
sagrado “ver” durante una hora la radio para la familia rural.
Con el personaje “El
boyerito”, “Papelito” se fue de su pueblo y desde entonces amó lo que hace: El
Circo. Circo que deambula por los pueblos.
Al terreno de calle 11
y 36 llega un Falcon azul viejo, un Rambler medio verde de esos que no se ven en ninguna ruta y
que han escapado al canje oficial de otros años, un camión Ford cargado con todo lo que lleva un circo.
Cuatro o cinco
muchachos que van armando el frente golpe a de martillo, entre ellos el dueño
del circo.
El circo trae historias
como aquellas que quedaron en el imaginario popular cuando promocionaron alguna
vez a “Los cantores del alba” y a las doce aparecieron los gallos bataraces, que no necesitaban ningún costo para que el
circo siga su marcha.
Carlos Brighenti nació hace 58 años en Norberto de la Riestra y
siempre vuelve a la ciudad.
De chico vivió un
tiempo en Capital, supo lo que era dormir en un banco de la plaza, recorrió el
país y un día empezó soñando tener un circo, hasta que debutó “con una carpa de
bolsas de arpillera”, en Junín, recuerda.
Hay quienes no les
gusta lo que hace y hay quienes pagan para verlo, como en todas las actividades
artísticas.
Lo que es cierto es que
quiere salir nuevamente a escena y es feliz con lo que es, con lo que hace
todos los días, lo que no es poca cosa.
“Me he fundido 7, 8
veces”, le reconoce a Mario Montecchia, que conduce el programa de Canal 3 “Estudio Abierto”. Igualmente, nunca dejaría el circo, ni
siquiera se sentiría lo que es en un circo más grande.
Alguna vez el tornado
le llevó la carpa y pertenencias importantes en Venado Tuerto. La gente que lo
quería lo ayudó y como pudo siguió su mundo de picardías hacia otro pueblo.
De lunes a viernes
cobra dos pesos. Los sábados cinco. El sábado es con una obra de teatro,
entregando al público algo del circo criollo que se escuchaba antes por Radio
Porteña, hoy Continental. Se aplaude el pecho y aparecen los caballos galopando
y recuerda los distintos chillidos de las puertitas que se abrían y cerraban
para ponerle misterio al programa, lo que aprendió cuando hizo sus primeros
pasos por la radio capitalina con El boyerito de la cara sucia.
Contó que una vez, en
la ciudad de 9 de Julio, visitó, como acostumbra en cada lado que va, a un
hogar de ancianos y se extrañó porque una mujer mayor lloraba cuando él cantaba
y le tocaba la guitarra. Le preguntó a la encargada cuál era el motivo y le
dijo que era porque nunca recibía la visita de sus hijos, que estaban
económicamente muy bien.
A la noche contó la
historia en el circo. Al otro día lo dijo el diario del pueblo. La abuela tuvo
compañía el fin de semana siguiente.
Imita con su voz a Luis Sandrini y mientras habla,
se le escapa el humor a su estilo y al poco tiempo casi hace llorar, como
aquel.
Comenta que el tampoco
va a ver a su madre, que sufre alzheimer y está
internada en el Gran Buenos Aires. La llama por teléfono aunque ella no le
entiende.
Se enoja porque se le
dice “payaso” despectivamente a cualquiera y el se siente un payaso porque
nació para expresar lo que siente, para sentirse bien y para que esté bien el
lo escuche también.
“...El día que murió mi padre - dice al final de la nota - también trabajé
de payaso y el público me comprendió. Después le saqué el nombre al circo,
“Papelito”, porque el nombre era de él, que vendía diarios en Riestra y por eso
le decían así. Lo llamé “Circo Cómico”. Después me aconsejaron que lo vuelva a
llamar como antes, porque yo también era “Papelito”...”.