Entrevista a Eric
Hobsbawm
"Estuve
en el lugar exacto, en el momento justo"
De cómo la militancia favorece a las ciencias. De cuánto
influye en la historia el factor sorpresa. De las consecuencias del colapso
socialista. Se cómo seguirá el mundo, según el mayor historiador vivo.
Reportaje de Martín Schiffino, desde Londres. Fuente: Clarín
Para el historiador inglés: "La militancia es importante en tanto ayuda a criticar las convenciones y reglas aceptadas. En última instancia, aunque las respuestas sean erradas, la crítica sigue siendo válida". Foto tomada durante su visita a Buenos Aires, en noviembre de 1998.
Nos encontramos en un despacho del Birbeck College, London
University, donde Eric Hobsbawm dictó clases durante treinta y cinco años hasta
su jubilación en 1982. Característicamente, está leyendo diario El País, de
España, que "tiene una buena cobertura de Latinoamérica"; no hubiera
sido sorprendente descubrirlo con un ejemplar de Die Zeit, Le Monde o La
Stampa. Políglota, cosmopolita, Hobsbawm es una figura intelectual bastante
atípica en Gran Bretaña. En su reciente libro de memorias, Interesting Times,
que bajo el título Años interesantes. Una vida en el siglo XX crítica
distribuye el martes en España y el mes próximo en Argentina, admite que se ha
"sentido en casa en muchos países", pero que siempre ha sido
"alguien que no pertenece del todo al lugar donde se encuentra, ya sea
como como inglés entre centroeuropeos, immigrante del continente en Gran
Bretaña o judío en todas partes y en particular, de hecho, en Israel"
(Hobsbawm es un famoso antisionista).
La biografía de Hobsbawm es en sí históricamente interesante
y, como dice en su nuevo libro, impensable en otro siglo que el veinte. Nacido
en Alejandría de padre inglés y madre vienesa, criado en Viena y Berlín, emigró
a Inglaterra a los dieciséis años, donde luego cursó estudios en la universidad
de Cambridge. Como historiador, siempre favoreció una visión internacionalista,
desde los primeros trabajos como Rebeldes primitivos (1959) hasta la famosa
trilogía sobre el siglo diecinueve, culminando en el magistral Historia del
siglo XX (1994).
Años interesantes se extiende desde la infancia en Viena
hasta más o menos fines del 2001. No se trata, sin embargo, de un libro de
memorias privadas, sino más bien de un autorretrato del hombre público y de su
tiempo. Hobsbawm, de hecho, las caracteriza como el "reverso" de
Historia del siglo XX, en tanto los acontecimientos allí estudiados han dado
forma a sus experiencias. "Busco
entendimiento histórico, no que me aprueben, estén de acuerdo o simpaticen
conmigo", agrega.
No siempre el entendimiento es sencillo, sin embargo.
Hobsbawm ha estado, en palabras de Antonio Polito, "poseído por uno de los
grandes demonios del siglo veinte: la pasión política"; su decisión de
permanecer en el Partido Comunista después de 1956 todavía hoy resulta
problemática. En favor de Años interesantes, puede decirse que presenta éste y
otros casos con una integridad ejemplar.
Al
final de su capítulo sobre su vida entre colegas e intelectuales, Hobsbawm cita
a su amigo Pierre Bourdieu, que una vez dijo: "Veo la vida intelectual
como algo más cercana a la vida del artista que a la rutina de la academia...
De todas las formas de trabajo intelectual, el oficio de sociólogo es sin duda
el que me ha dado felicidad, en todo sentido de la palabra". Hobsbawm
anota: "Reemplacemos sociólogo por historiador y digo amén". Un
historiador materialista diciendo amén no es cosa de todos los días, pero, por
supuesto, tampoco lo es Eric Hobsbawm.
—Leyendo su
autobiografía uno tiene la sensación de que a lo largo del siglo veinte ha
estado en el momento justo en el lugar justo: Viena en entreguerras, Berlín
cuando Hitler asumió el poder, Gran Bretaña durante la segunda guerra mundial,
Latinoamérica en los sesenta y setenta, París en mayo del 68. ¿Cuanto hay de la
maldición china: ''Que te sea concedido vivir en una época interesante'', en
los tiempos que a usted le tocaron vivir?
—Estuve en algunos de
los lugares exactos en los momentos justos. Si uno ha vivido lo suficiente
en la Europa del siglo veinte, es casi imposible no haber estado presente en
lugares históricos en momentos históricos. He tenido suerte. ¿Han sido los
tiempos interesantes en el sentido chino? Sin duda. Aún no sabemos si el siglo
veinte es más interesante que el veintiuno, pero el veintiuno no empieza de
manera muy prometedora.
—Estamos
nuevamente en una coyuntura sorprendente. ¿Qué importancia ha tenido la
sorpresa para usted como historiador?
—Creo que el elemento sorpresa varía de época en época. Entre
guerras, por ejemplo, prácticamente nadie en Europa dudaba que iba a haber otra
guerra, y estaba claro entre quiénes iba a ser la guerra: Alemania y sus
oponentes. Por otra parte, en la segunda parte del siglo veinte hubo muchos más
elementos sorpresa, en el sentido de impredecibilidad.
Algunos hechos no fueron previstos, como por ejemplo la rebelión estudiantil
del 68, que tuvo serios efectos políticos. Otros fueron inesperados, pero no necesariamente imprevistos, como el final de
la Unión Soviética. Todo el mundo sabía que la URSS se iba a pique, pero nadie
previó la velocidad con la que iba a desintegrarse. Es cierto también, que
algunos elementos sorpresa dependen de contingencias por definición impredecibles.
Por ejemplo, quizá si hace dos años hubiera habido unos pocos miles de votos
más y Gore hubiera sido elegido presidente de los Estados Unidos, ahora no nos
encontraríamos en medio de una crisis bélica sobre Irak. En ese sentido, como
historiador uno reconoce más y más la importancia de estos accidentes
históricos en ciertas circunstancias. Pero no creo que, en general, esto torne
imposible discernir tendencias a largo plazo: por ejemplo, el ascenso del
poderío norteamericano a escala global y la afirmación de la hegemonía
norteamericana.
—En uno de los
artículos incluidos en Sobre la historia usted argumenta que la ideología es
capaz de hacer avanzar a las humanidades. ¿De qué manera su militancia de
izquierda ha sido productiva en el momento de escribir historia?
—Hay que distinguir tajantemente entre partidismo político e
intelectual. El tipo de partidismo que lleva a los políticos a negar ciertos
hechos es algo absolutamente inaceptable. Pero es cierto que el partidismo ha
aguzado la atención de algunos sectores y los ha llevado a buscar nuevas
explicaciones o ver cosas que antes no se habían visto. En las ciencias
naturales esto es evidente. No me cabe duda, por ejemplo, que para muchos
físicos, astrónomos y biólogos la crítica de la religión, incluso la hostilidad
a la religión, ha sido un elemento muy poderoso que los llevó a investigar el
origen de la vida u otros temas afines. Hay muchos ejemplos de científicos en
esta línea, en este momento. Quizás ahora no sea tan común, pero en el siglo
diecinueve, el partidismo era un
incentivo muy poderoso para que los científicos investigaran cosas que la
religión y las convenciones sociales proscribían. En lo que hace a los
historiadores, o en lo que hace a mi tipo de Historia, la ideología me ha
ayudado a descubrir nuevos campos. Sin duda la historia de la clase trabajadora
y sus movimientos, o la historia del campesinado, ha encontrado a sus pioneros
en gente que simpatizaba con las causas políticas de esas clases. Lo mismo es
cierto con respecto a la historia feminista. La militancia es importante en
tanto ayuda a criticar las convenciones y reglas aceptadas. En última
instancia, aunque las respuestas sean erradas, la crítica sigue siendo válida.
—Estamos
pasando por un momento de gran interés público por la historia. Usted mismo ha
contribuido a la ampliación del campo. ¿Es éste un período de renacimiento en
la escritura histórica?
—Existe una demanda por parte de los lectores de historia.
Esta demanda es particularmente grande hoy día porque la sociedad contemporánea
tiende a ser a-histórica, no anti-histórica. Nuestra tecnología trata de
resolver problemas aquí y ahora, no importa el pasado. Nuestra sociedad de
consumo trata con demandas y deseos actuales, sin tener en cuenta el pasado, salvo
quizás como fuente de inspiración para la moda, pero no como importante en sí
mismo. Y esto va en contra de la sensación profunda e inherente a la
experiencia humana de que estamos enraizados en el pasado, ya sea en el pasado
de nuestras familias, ya sea en el pasado nacional: no existimos sólo ahora.
Uno no puede entender quién es a menos que entienda de dónde viene. Hace dos
años, por ejemplo, cuando en Gran Bretaña se descalificaron los archivos de
1901, durante las primeras semanas no se podían acceder a los sitios en
Internet debido a la cantidad de gente de este país que quería investigar
simultáneamente qué habían estado haciendo sus ancestros en 1901. Si existe
esta demanda de historia en la base, debe traducirse en la demanda del género
histórico, lo que ha sido reconocido por las editoriales y por algunos
historiadores.
—¿Ese interés
social se tradujo en el desarrollo de la disciplina?
—Desde el punto de vista de los historiadores, no estoy
seguro de que estemos en un período de florecimiento. Probablemente volvamos a
estarlo. Pero me da la impresión que en los 50, los 60 y a principios de los 70
hubo un período más positivo en el desarrollo de la Historia. Entonces había un
amplio consenso en cuanto a postular las grandes preguntas históricas y tratar de
encontrar las respuestas. Mientras que en este momento, la tendencia es la
opuesta. Creo que, paradójicamente, el desarrollo de la ciencia, en especial la
biología, el estudio del ADN, nos llevará en las próximas dos décadas a un
enorme revival de la historia como una parte de la historia evolutiva de la
humanidad. Ahora, a través de métodos científicos, es posible datar el
desarrollo de la humanidad como nunca antes. Esto nos permite ver la historia
en una perspectiva nueva; lo que concebimos como Historia, virtualmente todo
aquello desde los primeros registros escritos, la invención de la agricultura,
las ciudades, el uso de los metales y demás, es un período increíblemente breve
de la historia de la especie humana. Y la velocidad con la que se desarrolló
es, de acuerdo con estándares geológicos, apenas un parpadeo: unos diez mil
años. De manera que debemos reconocer a la Historia como una disciplina
específica que se ocupa de los cambios y las interacciones de los seres humanos
en este período increíblemente breve. Y eso será muy alentador.
—Uno de los
temas que aparecía en Historia del siglo XX y reaparece en Años interesantes es
la depolitización de las nuevas generaciones. ¿Cuáles serían para usted los
efectos de esta tendencia?
Es difícil decirlo con certeza. Para empezar, siempre hay
fluctuaciones. Por ejemplo, en la época en que yo pertenecía a la universidad
hubo períodos de radicalización, como por ejemplo los 30, después lo contrario
en los 50 y de nuevo la radicalización a fines de los 60 y 70. No hay nada
sorprendente en cuanto a encontrarnos en un período de despolitización; uno no
asume que durará permanentemente. Al mismo tiempo está claro que cuando
hablamos de politización masiva no siempre estamos hablando de masas. Las
movilizaciones masivas son aún posibles. La movilización política es más
difícil. Creo que esto va a ser un gran problema, porque sin movilizaciones en
favor de causas públicas, es difícil pensar cómo van a suceder los cambios
excepto en favor de aquellos que ya
tienen el poder.
—¿Cree que
hace falta una intelectualidad activa detrás de los movimientos del presente?
—No hay grandes ideologías políticas de izquierda, si a eso
se refiere. La mayor debilidad es el colapso de la ideología de izquierda en su
función reordenadora de la sociedad; y no me refiero a la extrema izquierda,
sino a todas, de los moderados socialdemócratas en adelante. Es interesante
observar que la única personalidad pública de gran importancia que se declarado
persistentemente en contra del capitalismo es el Papa, que a diferencia de los
estadistas, no está obligado a explicar cómo contrarrestarlo. Otro problema es
que, en el pasado, las movilizaciones estaban orientadas exclusivamente al
territorio nacional, al Estado y el "internacionalismo" era parte de
la retórica. Un problema político hoy día es cómo se puede operar en una
sociedad transnacional al mismo tiempo que dentro del Estado. Quizás hay modos
en los que se promueven campañas y política transnacionales, pero en este
momento aún no hay una forma de política para una sociedad transnacional.
—La
"desintegración de los viejos patrones de las relaciones humanas", ya
aludida en su Historia del siglo XX como efecto de la revolución cultural,
reaparece también en Años interesantes. ¿Le preocupa que en un momento en que
las utopías han muerto, la única utopía posible sea la individualista? ¿Influye
esto en su pesimismo respecto de EE.UU.?
—Usted dice que no hay más utopías. Creo que sí las hay, la
gente no puede vivir sin utopías. Pero una utopía puramente individual no es,
en efecto, una utopía social. La idea de una sociedad justa no está muerta sino
que, por el contrario, me parece que está resurgiendo. En cuanto al imperio
norteamericano no me entusiasma, e incluso veo al viejo imperio británico con
más entusiasmo porque el imperio británico tenía conciencia de sus
limitaciones. La enfermedad industrial de los grandes poderíos militares es la
megalomanía. Y no hay duda de que decir "si las Naciones Unidas no hacen
lo que nosotros creemos que corresponde, entonces se exponen a..." es una
visión megalómana, que implica que hay sólo una forma de ver el mundo, es
decir, desde Texas.
—Usted
participó activamente de la izquierda y permaneció en el Partido Comunista
Británico hasta su disolución en 1991. ¿Se siente orgulloso de haber asistido a
una de las ideologías centrales del siglo veinte?
—Creo
que el orgullo no incidió en ello. Uno aceptó la historia como era. Al mirar
atrás, creo que no hubiera podido tomar una decisión muy distinta de la que yo y
otra gente tomamos en los años 30 y los 40, incluyendo la de unirme al Partido
Comunista. El PC era entonces una organización con una increíble capacidad para
cambiar la sociedad, con la habilidad de lograr cosas en situaciones
históricamente dramáticas, trágicas, catastróficas. Creo que no fue difícil
quedarse en el partido después del período inmediatamente posterior a la
Segunda Guerra y el principio de la Guerra Fría, porque cuando EE.UU. adquirió
el monopolio de las armas nucleares se necesitaba un contrapeso. En cuanto al
resto, dependía de si uno tenía una visión nacional o global del mundo. Si uno
tenía una visión global, como obviamente mucha gente del Tercer Mundo, liberar
estados colonialistas independientes del imperialismo parecía ser una gran
necesidad. Creo que en varios países, tarde o temprano, la mayoría de la gente
decidió que el proyecto original del comunismo —el de la revolución mundial— no
iba a funcionar, ni en la Unión Soviética ni en sus países particulares. Y en
ese sentido, las razones para continuar en ese tipo de movimiento se
debilitaron. Por otra parte, uno podía creer que se trataba aún de algo
deseable y necesario. De haber estado en España en época de Franco,
probablemente todos los que no son ahora comunistas hubieran formado parte de
la resistencia comunista o la hubieran favorecido, porque era de lejos la más
eficiente y efectiva. Una vez que se lograron los objetivos, la situación
cambió. ¿Me arrepiento de mi pasado? No. ¿Hubiera podido dejar de ser comunista
en ciertos períodos? Quizá lo hubiera hecho por razones puramente personales
que no tienen nada que ver con mis actividades políticas o como historiador. No
creo que éste sea un elemento importante de mi biografía. Fuente: Clarín