Cristina habló en el Congreso de Filosofía
Alejandro Rozitchner
Cristina habló en el
Congreso de Filosofía y fue letal. ¿Qué dijo? Llama más la atención su tono, su
forma, la manera en que en su estilo expresa una espantosa pretensión, de
superioridad, de puntillosidad, de exigencia, de vulvismo, de soberbia. ¿Así nos va a tratar? ¿Qué le
otorgaría esa posibilidad? ¿Su superioridad? ¿Su pureza moral? ¿Nuestra
idiotez, país capaz de generar líderes enojados y corruptos, populistas y sobradores, prepotentes e ineficaces? Cristina habló
retándonos, como si fuéramos chicos y ella una profesora mal querida, que se
venga en los alumnos de frustraciones venidas de lejos, cargando las tintas en
su derecho a avasallarlos, de su necesario rol de correctora nuestra. Me dio
miedo que me mandara a la dirección. Me inflamó, de odio, de deseo de venganza.
¿Es su movimiento erótico, en una situación amorosa mal avenida, demasiado
pública y poco humana, la de sacar de quicio al varón, para que harto avance
sobre ella y la someta? ¿Es que ella sabe algo que nosotros no, que en realidad
somos realmente culpables nosotros y no ella – ¿de qué?-, la enriquecida, la
que cultiva un aire de intachable y forma parte de un gobierno –o una familia-
que nos hace pases mágicos para zafar, que actúa también de justo y bueno pero
empieza a sumar a su deshonestidad las pruebas de su ineficacia? Cristina, la
del emprendimiento de poder que tramita como enojo ideológico su necesidad de
justificar la incapacidad y de ocultar la trampa.
Lo que dijo: sí, varias
cosas. Que ahora los gobernantes se parecen más a los gobernados. No es una
virtud evidente, la verdad, la idea podría ser considerada exactamente lo
contrario: ¿no sería mejor tener personas un poco más capaces que la media,
para manejarlo todo? ¿Tal vez personas más preparadas, más
capaces de amor, con más visión y talento, con arte de gobernar,
personas más sanas y cultas que el común de los argentinos?, ¿no sería lindo?
Dijo que era hegeliana, y quería decir que la historia era determinante del
pensamiento, que la filosofía depende de la época. Mucho autor para tan simple
idea, pero la costumbre de dejar caer nombres al hablar suele interpretarse
como signo de cultura o inteligencia, siendo dudoso lo primero y falso lo
último.
Dijo –retándonos- que
había que abrirse a lo nuevo, no temerlo (mientras destilaba su antiguo
resentimiento personal transmutándolo en ideología vencida, emisaria de un
progresismo retrógrado). Dijo que todo era ideología, repitiendo el lugar común
utilizado para promover diferencias donde no las hay, para evitar ver las
diferencias reales, y para justificar la auto limitación que padecen de tanto
querer ver su fantasía y no la realidad. Dijo también –retándonos- que la
filosofía no vivía en la academia (y tiene razón), que no querían ya cambiar el
mundo sino el país, que hacía falta mucha apertura mental en el momento
presente. Bueno.
Leí hace poco que las
relaciones son como espejos, que uno se junta con quienes representan las
fuerzas claves de los conflictos internos, que los demás son emisarios de
partes propias, que uno se enoja con alguien rechazando un aspecto que percibe
también en sí mismo pero detesta. Es terrible, pero me pasa a mí y les pasa a
muchos: tenemos una Cristina adentro. Por eso despierta tal indignación. Es fea
la idea pero tenemos que hacerle frente: peleamos contra ella porque queremos
acallar la soberbia en nosotros, que nos brotaría si la dejáramos, también
imparable. Pero la paramos.
Cuando sea presidenta,
¿se aplacará? La histeria, dicen los especialistas, lleva al punto de
impotencia al otro, lo frustra sin cesar, lo aniquila, ese es su objetivo
secreto; nunca acepta darse por satisfecha. ¿Llegará a ser presidenta? La
verdad es que en el poder habitan generalmente unos aventureros temibles. No es
para rasgarse las vestiduras, el juego del poder es así. Pasa en todas partes.
Pero existe la posibilidad (en diferentes países se ha dado) de que una
sociedad aprenda a manejarse un poco mejor, que la línea de los problemas se
mueva un poco, para comenzar a dar algunas cosas ya por resueltas. Dicen los
que entienden (otros, no los que hablan de la histeria), que el respeto a las
instituciones sería un buen próximo paso. Ya tuvimos algunos pasos positivos:
no hay más violencia política (a nadie se le ocurriría, por suerte, secuestrar
y ultimar a Alberto Fernández). O la que hay es realmente poca y equívoca, lo
que no puede dejar de reconocerse –conociéndonos- como un avance. La
democracia, con sus imperfecciones, se extiende, se hace costumbre y
naturaleza. La libertad de prensa digamos que no es perfecta pero existe, o si
no la hay es más por falta de capacidad o decisión de los periodistas que por
persecución implacable (persecución hay, pero no implacable). Tenemos otros
problemas.
Sí, claro que una mujer
puede gobernar